—Es cierto. Y ¿hace mucho que padece usted?
—Muy poco tiempo—contestó él con intención, por si Luisa estaba escuchando detrás de alguna puerta.—Libre y feliz vivía procurando estudiar el mundo al través de un prisma por el cual las pasiones y las flaquezas, apareciendo en toda su desnudez mezquina y reflejándose en la mente del profundo observador cuyo corazón palpitara al abrigo de... pues las... y los... en lucha tenaz, y luego á la seducción de los atractivos...
—Dispense usted, amiguito, que me llama la cocinera,—dijo doña Tadea, cortándole su inspirado discurso y lanzándose fuera de la sala para reir á sus anchas.
Alfredo se quedó estupefacto, y, herido en su amor propio, juró marcharse en seguida si no iba Luisa á la visita. Al mismo tiempo sacó su reló y vió con espanto que señalaba la una y media. En su casa se comía infaliblemente á la una, y conocía muy bien el genio de su papá: un retraso de media hora siempre le había valido una caricia con la punta de una bota paterna por debajo de los faldones del gabán.
Este recuerdo excitó su materialidad de una manera tan notable, que, olvidándose de su Filis y de que aún no se había despedido de doña Tadea, caló el sombrero y se dispuso á marcharse. En esto volvió á entrar aquella señora.
—¿Se retira usted ya?
—Si usted no dispone otra cosa...
—Que lleve usted feliz viaje, y...
—Gracias, gracias. Á los pies de usted.—Y sin aguardar contestación, escapó hacia la escalera.
Entonces, al fin del corredor, por la estrecha puerta de un cuarto adyacente á la cocina, salió una mujer desgreñada, con una bata de percal de color de polvo, y en chancletas. Era Luisa. Pero Alfredo, como iba buscando á la elegante viajera de Renedo, pensó que aquélla era la cocinera, y se fué sin saludarla.