Él no verá, pongo por caso, donaire, ni color, ni dibujo, ni ingenio en tal RASGUÑO ó en cuál ESBOZO, y yo le pondré sobre mi cabeza porque me recuerda tiempos, hombres, cosas, motivos y ocasiones que, al pasar por mi memoria, tócanme en el corazón y me remozan el espíritu. Me dirá que nada de esto le sucede á él, y que, por ende, la obra es mala; á lo cual replico que pasan de media docena los lectores que la esperan y han de juzgarla por el mismo lado que usted y yo, porque fueron unos actores y otros testigos presenciales de los sucesos, y hasta de la pintura de ellos, y saben y aprecian el por qué de cada trazo y el motivo de cada línea... y no digamos tan mal de un libro que cuenta con siete lectores, por lo menos, hoy que tantos mueren intonsos, pasto de polillas y ratones.

Hay, además, otra razón que justifica la aparición de este volumen; y es la de habérsele ofrecido al público en dos ocasiones, llevado yo de esta candorosa sinceridad que no me consiente ocultarle el más mínimo propósito que tenga alguna conexión con éstas mis literarias aficiones...

De todas maneras, ruégole á usted, mi buen amigo, que si oye lamentarse á alguien del dinero que invirtió en comprar el libro, le excite á volver los ojos al rótulo de la portada: verá entonces cómo no tiene derecho á pedirme más de lo que le doy, ó miente el diccionario de la Academia; y hasta le sería á usted fácil demostrarle que me debe gratitud, puesto que, al limpiar los fondos de mis cartapacios, no agregué á los presentes papelejos más de otros tantos que, en su obsequio, condené á perpetua obscuridad.

Conste, pues, que, al salir á luz este libro, pago una deuda contraída con el público, y que la pago con cosa que, aunque no buena, encaja perfectamente en los términos de la oferta. La recta justicia no obliga á más.

Y si, á pesar de éstas y de las otras razones, aún insiste el huraño lector, tentado del demonio, en dar una silba al libro, ¿qué hemos de hacerle?... En este triste caso, ruéguele usted, amigo mío, en nombre de los dos, que la reserve para un poco más adelante; pues entre manos traigo asunto de mayor empeño, y más digno que esta pequeñez, de encender sus iras ó de alcanzar sus alabanzas.

Deme Dios bríos para merecer las últimas; inspírele á Él, y no la idea de la silba; guárdele á usted, y reciba estos renglones y la pobre ofrenda que los acompaña, en testimonio de lo mucho que le quiere su amigo y paisano

José María de Pereda.

Santander, enero de 1881.