ÍNDICE

Página
Dedicatoria[5]
Las visitas[9]
¡Cómo se miente![49]
Las bellas teorías[73]
Fisiología del baile[99]
Los buenos muchachos[111]
El primer sombrero[137]
La Guantería[155]
El peor bicho[177]
La mujer del ciego ¿para quién se afeita?[195]
El tirano de la aldea[215]
Reminiscencias[243]
Más reminiscencias[269]
Las tres infancias[297]
Manías[321]
La intolerancia[339]
El cervantismo[359]

LAS VISITAS[1]

I

Ponte los guantes, lector; sacude el blanco polvo de la levita que llevabas puesta cuando despachaste el último correo (supongamos que eres hombre de pro); calza las charoladas botas que, de fijo, posees; ponte majo, en fin, porque hoy es día de huelga, no hay negocios en la plaza y nos vamos á hacer visitas.

Este modo de pasar el tiempo no será muy productivo que digamos; no rendirá partidas para el debe de un libro de caja; pero es preciso hacer un pequeño sacrificio, lo menos una vez á la semana, en pro del hombre-especie de parte del hombre-individuo; es decir, dejar de ser comerciante para ser una vez sociable.

Y para ser sociable, es de todo punto necesario atender á las exigencias del gran señor que se llama Buen tono. Ser vecino honrado, independiente y hasta elector, son cualidades que puede tener un mozo de cuerda que haya sacado un premio gordo á la lotería.

Para vivir dignamente en medio de esta marejada social, es indispensable tener muchas «relaciones», hacer muchas visitas, aunque entre todas ellas no se tenga un amigo.