—Hombre, ¿qué me cuenta usted!... Conque ni un garbanzo.
—Bien sé yo quién tiene la culpa; pero deje usted, que á cada puerco, como usted sabe, le llega su San Martín.
—¡Oh! perfectamente, sí, señor; vaya si le llega... Conque todo, todo desgraciado... ¡Hombre, qué lástima!
—Sí, señor... ¡todo!
—¡Vea usted... qué demonio!
Á la derecha de este señor que con todo conviene y de todo se admira, así se trate de la elocuencia de Bellini como de la música de Demóstenes, pero que todo lo escrupuliza si puede terminar en el Diario de su casa, se ventila otro asunto cuya índole nos evita revelar el sexo, y hasta el seso, de las personas que en él toman parte.
—Desengáñese usted, que todas son á cual peor...
—Si parece mentira que se porten así después que tanto se hace por ellas... Mire usted que en mi casa jamás se las reprende; todo lo contrario: tienen cuanta libertad desean.
—Así paga el diablo á quien le sirve.
—Si por más que usted se empeñe, no puedo creer...