En fin, teme al hombre como á tu mayor enemigo; duda de todas sus lucubraciones; hazle todo el bien que puedas, y cree en Dios á puño cerrado, que Él es, al cabo, la única verdad que hay sobre la tierra»...
Tras esta última palabra, volvió los ojos al cielo, estiró sus miembros yertos, y espiró.
Lo que de infalibles puedan tener las máximas postreras de Juan, no quiero yo decirlo; pero sí me atrevo á asegurar, en vista de que fueron dictadas por una triste experiencia, que por mucho que disten de la verdad, están más cerca de ella que los sueños que las engendraron. Y seamos francos:
¿Quién no ha conocido en el mundo algún Juan atribulado?
¿Quién está sin algún rasgo de semejanza con él?
¡Dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, aquél de mis lectores que no conozca al héroe de mi cuento!
1863.