Pasó un día, y otro, y otro, y pasaron muchos más después, y Juan esperó en vano á que la libertad de aquel país le sentara á su mesa... Y llegó á tener hambre como en su patria; pues como el derecho que en ésta le negaban de conspirar y de predicar donde y como se le antojase, le tenía allí cada ciudadano, y cada ciudadano pensaba de distinta manera, no bien abría la boca para decir blanco, cuando ya tenía un contrincante al lado que le sostenía que negro, no logrando jamás avenirse con nadie, pues que nadie se avenía con él. Oyó, lo mismo que en su tierra, lamentarse á todo el mundo de que el poder no era de los rectos, sino de los fuertes; que el talento estaba postergado, y que la idea se inmolaba en aras del interés privado; vió también ricos egoístas, y, sobre todo, pobres mucho más ignorantes, mucho más soberbios y mucho más temibles que los de su patria; presenció un motín cada día, un cisma cada semana; y notó tal afán por santificar todo género de opiniones, que acabó por no creer en nada de tejas abajo, y por mirar lo de tejas arriba con más cuidado que en los albores de su sabiduría.
Con esto, con el hambre que no le abandonaba un solo instante, y con lo que en su cuerpo y en su espíritu habían labrado sus primeras tribulaciones, está, en mi concepto, sobradamente justificada la horrible hipocondría que al cabo postró á Juan en un mísero lecho de un hospital, que le acogió, no por caridad, sino por evitar á un pueblo culto el espectáculo de un cadáver en medio de la calle.
Momentos antes de espirar el infeliz, llamó á su amigo que le velaba fiel, y con la voz empañada por el frío de la muerte, le dijo estas palabras, reconcentrando en sus cristalizados ojos toda la intención de su alma:
—El mayor remordimiento de cuantos en este instante me martirizan, es el de morir de inocencia, después de haber vivido idólatra de la razón.
La razón es la mayor farsa de este siglo. Con ella se demuestran todas las teorías, y la verdad no parece nunca.
Hoy, lo mismo que ayer, el reino del mundo es de los fuertes, de los atrevidos y de los afortunados, á despecho de las decantadas conquistas de la humana inteligencia.
La sociedad, es otra farsa: no hay más que hombres que por opuestos caminos van cada cual en pos de su particular interés.
El amor, la belleza y los honores, son del que más los paga.
Fuera de la familia no hay abnegación, no hay caridad: sólo hay negocios, pues, desde el polvo hasta la patria, todo se vende. Entre un ochavo y una fortuna está el precio de estas mercancías. El talento es de las pocas monedas que no pasan en este mercado. Por eso tantos hombres que le tienen se mueren de hambre. Si eres, pues, ambicioso, ya que eres honrado, deja el culto que das á la Razón y conviértele á la Fortuna, que de vez en cuando, incitada por la Divina Providencia, tiene la humorada de socorrer á los hombres de bien.
Si, cuando sus dones te sonrían, deseas ser feliz, limítate al recinto de tu familia; enséñala á practicar la virtud; pero descuartízala antes que se haga idólatra de las bellas teorías. Semejante muerte será una caricia comparada con la que me está cerrando los ojos.