—Porque está comprimida por los altos poderes que aún estriban en viejos, funestos privilegios. Mientras el actual orden de cosas no sufra una transformación radical en el sentido de nuestras ideas, la fuerza, el capricho, la inmoralidad, seguirán aniquilando á la patria.

—No veo bien clara la relación que pueda haber entre los altos poderes del Estado y el tabernero que me negó una plaza detrás de su mostrador.

—¡Oh ceguedad! ¿Olvidas que ese tabernero, porque es hombre de arraigo, tiene derechos civiles, aunque es un estúpido, que á ti se te niegan porque eres pobre? ¿Quiénes son los hombres que están hoy al frente de la cosa pública? ¿Merece alguno de ellos el puesto que ocupa, por sus virtudes cívicas ó por su talento? No. ¿Cómo han llegado á tan alto? Por la fuerza de sus influencias, por el voto, tal vez subastado, de los hombres que tienen, nunca por el de los que saben; que á éstos les niega la ley el criterio que concede á los primeros. Supón, por un instante, en manos de hombres virtuosos é ilustrados los primeros cargos de la nación...

—Pero es una quimera suponer eso...

—Eso será una realidad el día en que prevalezcan entre nosotros el saber y el talento; el día en que se prescinda para siempre de ese fantasma de la rutina, y luzca claro y sin una sola nube el sol de la libertad.

—Me parece que no te falta en este momento en que te despachas tan á tu gusto.

—Me falta; porque se me prohibiría predicar en medio de la calle... á Mahoma, si se me antojaba; porque no puedo hacer públicos cargos á esos mismos poderes que en nombre de la patria la aniquilan; porque no se tolera que yo me reúna, donde y cuando me acomode, con mis amigos, para conspirar con ellos contra quien me dé la gana; porque no podemos acercarnos al calor, á la ebullición de la vida política donde los hombres de nuestro temple deben vivir, porque ellos son la luz, el sustento, la razón; porque sólo así no estaremos á merced de estúpidos aceiteros, como el tuyo, que nos tasen el pan...

¡Oh sublime poder de la razón! ¿Creerá el lector que Juan, con párrafos como el antecedente y otros, no menos peregrinos, que su amigo le fué enjaretando á continuación, olvidó al cabo hasta el hambre que le aniquilaba, y juró solemnemente asociarse á su consejero en la empresa de regeneración que éste le propuso como el único medio para que acabaran sus desgracias y se convirtiese la patria en una verdadera Jauja?

Y con tanta fe se adhirió á la empresa, y con tanto ahinco trabajó por la destrucción de ciertos privilegios sagrados, que á los pocos días del encuentro con su amigo, estaban entrambos... errando de bosque en bosque, huyendo de las leyes de la patria que habían atropellado, aunque con la mejor de las intenciones.

Una vez fuera del alcance de ellas, acogiéronse al amparo de un país regido por los mismos principios que ellos adoraban: Juan con algunos recelillos propios de sus desengaños, y su amigo con la fe de un mártir.