Lector: tú que, de fijo, serás menos filósofo que Juan, menos científico, más escarmentado, en una palabra, ¿necesitarás que yo te cuente el éxito que tuvo su postrera resolución? Seguramente que no. ¡Atreverse un hombre con la levita raída á ofrecer su mano á una mujer de posición! ¡Horror!

Juan no salió de cabeza por el balcón de Teresa, porque ésta, después de oir de pie las pretensiones de su antiguo novio, y de quien se hizo la desconocida al recibirle, tuvo la magnanimidad de no dar parte á su padre de tan inaudita desvergüenza.

Pero lo que en aquel caso hubieran hecho las losas de la calle, estuvo á pique, el desventurado optimista, de encomendárselo á los peldaños de la escalera de su adorada; pues tantos desengaños y tan juntos, y tanta miseria entre ellos, eran más que suficiente causa para que cualquier mortal de las creencias de Juan se rompiese el cráneo contra una esquina.

Por fortuna suya, la excitación que le dominaba era tan febril, que no dándole tiempo ni para detenerse á arrojarse de coronilla sobre la escalera, le hizo bajarla volando, y volando pasar la calle, y volando atravesar la población, y como un huracán recorrer la campiña, y volver de ella, y vagar por calles y plazas y paseos, hasta que el cansancio le detuvo y le obligó á caer rendido en una banqueta de un café.

Cuando pudo darse cuenta de su situación, uno de sus pocos amigos, pero tan desdichado como él, estaba á su lado.

Juan, al conocerle, le abrazó estrechamente y lloró de desesperación. Después le contó sus cuitas sin omitir un solo detalle, y acabó diciendo con desconsuelo:—He vivido engañado: nuestras teorías son una farsa; la sociedad no es lo que nosotros soñamos; es tan egoísta, tan injusta como siempre, porque la humanidad, aunque se instruye, no varía. El hombre será siempre explotado por el hombre y jamás su hermano. No hay, pues, sociedad, no hay filantropía, no hay igualdad: no hay más que ricos y pobres, tiranos y víctimas, felices y desgraciados, cuerdas y pescuezos.

—El dolor te hace cruel,—le replicó su amigo.

—¿Serás capaz de demostrarme que yo no tengo hambre, que no me he humillado hasta el polvo para ganar un poco de pan que se me ha negado?...

—No intentaré tamaño absurdo. Además, opino contigo en cuanto al desequilibrio social de que te lamentas. Lo que te niego es que nuestras teorías sean quiméricas. Dí que, por hoy, son ineficaces, y estarás en lo justo; pero la razón triunfará al cabo.

—Y ¿por qué no triunfa ya?