—Porque éste es el género que hoy priva; y tantos pedidos tengo de él, que acaso nos arreglásemos. ¿No podría usted dialogar su libro, introduciendo en él siquiera un par de frailes cínicos, una ramera virtuosa, un bandido filantrópico, un banquero ex-presidiario, una marquesa adúltera... cualquier cosa así? Porque con un título ad hoc, verbigracia: El cráneo del monje, La caverna del crimen, Cien generaciones de adúlteras, El puñal y el hisopo, le daríamos á luz con éxito seguro.

—Usted se está burlando de mi situación, é insultando de paso el buen sentido de ese público que le da de comer.

—Por eso le conozco tanto, y por eso le vuelvo á asegurar á usted que, de algún tiempo á esta parte, salvas honrosísimas pero cortas excepciones, repara, no sólo en el nombre de los autores, sino hasta en el color de las portadas.

—Usted le está injuriando.

—Es usted un inocente.

—Beso á usted la mano.

—Vaya usted con Dios.

Juan salió á la calle persuadido de que el editor se había querido burlar de él; mas cuando trató con otros inmediatamente y vió que todos ellos convenían en que el señor público se pagaba mucho del ruido, y que por esta razón no hallaba él quién publicase su libro ni de balde, el desdichado filósofo acabó por perder los estribos, confundido con tanto desengaño y, sobre todo, abrumado por el hambre que no podía acallar.

—¡Cerradas todas las puertas para mí!—exclamaba el desdichado desde la lobreguez de su pobre buhardilla...—Unos porque me tienen en poco, otros porque me consideran demasiado, todos me rechazan. La sociedad, ese fantasma á quien dedico mis desvelos, á quien sacrifico mi reposo, á quien tengo siempre delante como el juez de mis debilidades, no acepta al pobre atribulado porque no le conoce... ¡Y, entre tanto, soy honrado, soy bueno en obsequio á esa misma sociedad que me perseguiría inexorable por la menor de las faltas!... Y ¿qué partido tomo á la altura en que me encuentro? Estoy asediado, aherrojado por la miseria. No puedo dedicarme ni aun á vender fósforos, porque para comprarlos antes se necesita dinero, y yo no tengo un maravedí ni quien me le preste. Pero ¿he de morirme de hambre? ¿he de robar? ¡Oh, eso jamás!... Si mi delicadeza me permitiera aceptar un enlace ventajoso... porque esto es hoy lo más fácil del mundo. El hombre, sólo por ser honrado, representa en las actuales circunstancias un capital enorme; y cuando, además de honrado, sabe, la cifra á que asciende su valor es incalculable. En cuanto á las mujeres, están bien penetradas de esta verdad. Todas prefieren hoy el hombre que vale al hombre que tiene, porque la experiencia les ha enseñado que no se compra con todos los tesoros del segundo el menor de los santos goces que le proporciona la inteligencia del primero. Éste les da amor puro, sublime, gloria tal vez, acaso títulos y consideraciones; el otro, lujo y ostentación en el mundo, desvío, aridez, lágrimas en el hogar. Esto es un hecho. Pero ¿debo yo lanzarme á adoptar este partido? Teresa, mi tierna amiga en mis buenos tiempos de estudiante, es rica, y muchas veces me juró que me amaba con toda la sublimidad del alma juvenil de una doncella fuerte; su familia me acogía con cariño... Yo podría, pues, reanudar estas amistades interrumpidas por mis vicisitudes, y salir de apuros para siempre... Mas ¿qué diría de mí la sociedad? De fijo que me vendía por una posición; que era poco delicado... ¡Oh, no, no me caso! Pero, entre tanto, ¿qué debo yo á esa sociedad? ¿Por qué he de temerla? Además, ¿no está demostrado que represento por hombre, y por hombre ilustrado, un capital mucho mayor que el que pueda tener en dinero mi mujer, por grande que él sea? Luego si me caso con Teresa, no me vendo: será que yo la elijo, no que ella me compra... Me caso decididamente.

Y Juan, tras este razonamiento, se arregló la corbata, se cepilló las manchas de la levita, se afeitó, se acicaló, en fin, cuanto pudo; y sin reparar mucho en el chocante deterioro de su vestido, pues profesaba, como se deja comprender, el principio de que el hábito no hace al monje, salió de su buhardilla, bajó de cuatro en cuatro los escalones, y se dirigió rápidamente á casa de su antigua novia, negándose á escuchar sus propios recelos por si antes de llegar al término de su viaje se arrepentía de aquella debilidad á que las circunstancias le obligaban á ceder...