Segundo modelo.—Buen muchacho que no ha cumplido los treinta y cinco.—Señas particulares: enjuto, macilento, cargado de entrecejo y de espaldas, vestido de obscuro, muy abrochado, largo de faldones y pasado de moda. Este ejemplar tiene, necesariamente, á la vista y como si fuera marca de ganadería, una señal indeleble: verbigracia, un lobanillo junto á la oreja, un lunar blanco en el pelo, una verruga entre cejas y la nuez muy prominente, ó toda la cara hecha una criba de marcas de viruelas. Habla bastante y con timbre desagradable, casi siempre en estilo sentencioso, y á menudo con humos de gracioso.

Tercer modelo.—Buen muchacho que raya en los veinticinco.—Señas infalibles: rollizo, frescote como un flamenco, y miope. Rompe mucha ropa, y procura llevarla muy desahogada; es hombre de poco pelo y de no mucha barba; habla más que una cotorra, muy recio y con los términos más escogidos del diccionario.—Detalle peculiarísimo: antes de adquirir en público el título de «buen muchacho», ha gozado, durante seis años, entre las diversas tribus de su familia, la opinión de hombre precoz.

En vista de todos estos datos, podemos sentar la siguiente regla general:

La edad de los «buenos muchachos» varía entre veinticinco y cincuenta años.

Como detalles comunes á los tres modelos, pueden apuntarse los siguientes:

Son mesurados en el andar; saludan muchísimo, descubriendo toda la cabeza; en sus paseos buscan la compañía de los señores mayores, y en tales casos, miran con aire de lástima á los jóvenes que á su lado pasan, si van muy alegres ó muy elegantes; usan á todas horas sombrero de copa, y se calzan con mucho desahogo; temen de lumbre los tacones altos, y por eso los gastan anchos y muy bajos; sacan chanclos y paraguas al menor asomo de nube en el horizonte, y en cuanto estornudan tres veces seguidas, guardan cama por dos días y se lo cuentan después á todo el mundo; no fuman, ó fuman muy poco, pero chupan caramelos de limón y saben dónde se venden un vinillo especial de pasto y garbanzos de buen cocer; conservan con gran esmero las amistades tradicionales de familia, y al hacer las visitas de pascuas ó cumpleaños, llaman á la visitada «mi señora doña Fulana»; la preguntan minuciosamente por todo el catálogo de sus achaques físicos, y siempre tienen algún remedio casero que recomendarla; se dedican á negocios lucrativos, mejor dicho, están asociados, y en segunda fila, á personas que saben manejarlos bien; y, por último, se perecen por echar un párrafo en público y familiarmente con las primeras autoridades de la población, y se rechupan por formar parte de cualquiera corporación oficial ú oficiosa, con tal que ella transcienda á influyente y á respetable.

Hasta aquí, algo de lo que el menos curioso debe haber visto en esos personajes; desde aquí, lo que todo el mundo puede ver en los mismos si se toma la molestia de levantar los pliegues de la capa con que la señora fama parece haberse empeñado en protegerlos contra críticas y murmuraciones.

II

Hallábame yo, no ha mucho, cerca de un pequeño círculo de murmuradores de mayor edad, con quienes ningún lazo de amistad íntima, ni siquiera de simpatía personal, me ligaba; y dicho está que yo oía, veía y callaba. Hablábase á la sazón de un suceso ocurrido recientemente en el pueblo, con sus vislumbres de escandaloso, cuando entró en escena un personaje muy conocido mío, y muy amigo, al parecer, de aquellos murmuradores. Parecía el tal fundido en uno de los tres modelos que dejo registrados; y no digo en cuál, porque no es necesario.

—Aquí llega... Fulano, que podrá darnos algunos pormenores más del suceso,—dijo un murmurador.