—¿Ve usted aquella chica que está hablando con un cabo de la guarnición? Pues es la cocinera de don Ruperto Puntales: dos horas lleva ahí; he tenido la curiosidad de contarlas en mi reló. Buena andará aquella cocina, ¿eh?
Ó si no:
—Don Aniceto, una palabra: esa doncella que cruza ahora la esquina y va cargada de cartones, me parece que sirve en casa de doña Telesfora.
—Bien, ¿y qué?
—Nada, que es la sexta vez que, en hora y media que llevo en esta esquina, ha salido de ese bazar cargada de género. Sospecho que el pobre marido de su ama no hace hoy el gasto con dos mil reales. Después vendrán los apuros... y algo peor. Bien empleado les está.
En un paseo público hacen el mismo papel: comparar las galas que ven, con los caudales de quienes las lucen, y demostrar siempre, y donde quiera, que llevan el alza y baja de cuanto respira y se agita en la población.
Creo que el lector no necesita más noticias para orientarse por completo en el terreno á que he querido traerle, ni para hallar pertinente y hasta de alguna transcendencia moral la exposición de estos apuntes...
Se me olvidaba decir que los buenos muchachos son, por regla general, solteros. Si les da por casarse, son en el hogar doméstico unos tiranuelos, chismosos y cascarrabias; y esto es lo único en que varían al variar de estado.
Otro dato.—Casados ó solteros, son en política conservadores, de justo medio y ancha base.