Aunque no necesito decir quién es este orador, bueno es que se tenga presente que pertenece, por su tipo, al tercer modelo.

Veámosle ahora en el teatro. Se acaba de representar un drama moderno que ha alcanzado un triunfo. Á él no le ha merecido un solo aplauso. Lejos de ello, se vuelve á su vecino y le dice:

—Amigo, yo no sé si diré un disparate, porque no soy competente en literatura; pero esta obra, según mi humilde entender, no merece el ruido que está metiendo. Valerse de una aldeana para el principal papel, y no haber en toda la comedia más que dos personajes de buena sociedad, me da muy pobre idea del talento del autor. De ese modo también yo hago comedias.

El vecino le mira estupefacto, y el censor, creyendo que le apoya, continúa:

—Desengáñese usted, el teatro va en decadencia; ya no se escriben comedias como La trenza de sus cabellos y La conquista de Granada. ¿Pues y los actores? Ahí han estado ustedes aplaudiendo á ese primer galán como si supiera lo que hace... ¡Donde estaba aquel Lozano!... ¡Ése sí que cortaba el verso! Parece que le estoy viendo salir, vestido de moro y á caballo, por debajo del palco del ayuntamiento. Valía más una mirada de aquel hombre, que toda esta comiquería junta.

Oyendo música, aunque no menos descontentadizos, son más lacónicos siquiera.

—¿Qué le parece á usted?—se pregunta á uno de ellos.

Y responde necesariamente:

—Hombre, yo no soy del arte; pero por más que ustedes digan, esta música está tomada, al pie de la letra, de «El Hernani».

Si le buscamos á la esquina de la plaza, se le hallará deteniendo á un transeúnte para decirle con mucho misterio: