—¡Vaya si abraza!

—Pues me alegro mucho; que eso me ha de animar á concluir otro que traigo entre manos acerca de la maldita costumbre que hay aquí de colgar la ropa blanca en los balcones... Por supuesto que es un trabajillo sin pretensiones de ninguna clase.

—Naturalmente; pero eso no impedirá que yo le lea con gusto.

—Muchas gracias.

—No hay por qué».

También me consta que esos remitidos se leen, por su autor, en familia, con grande aplauso del severo papá que, rebosando en satisfacción por todos los poros de su cuerpo, se vuelve hacia su conjunta para decirle, muy bajo, pero de modo que lo oiga el elogiado: «Estos muchachos son el mismo demonio. ¡Mira que está bien hilado el tal impreso!».

Vamos ahora á otro terreno.

Hay una junta de acreedores, de contribuyentes, de vecinos formales, ó de arraigo; una junta, en fin, en la que se trate del vil ochavo ó de salvar los intereses de la plaza. Toman la palabra los más expertos y autorizados; llénanse recíprocamente de piropos, abordan la cuestión por cien lados diferentes; llégase, tras de muchos sudores y fatigas, á vislumbrar un acuerdo definitivo; va á darse por concluida la sesión, y he aquí que se oye una voz perezosa y afectadamente tímida que pide la palabra. Concédesela el presidente, y se levanta una persona que comienza á hablar en estos términos:

—«Señores: como desconozco completamente la ciencia del derecho, y soy en materia de negocios la más incompetente de todas las personas que componen esta respetable reunión; y como tampoco tengo pretensiones de orador, quizá vaya á decir un disparate al hacer uso de la facultad que me ha concedido el digno señor presidente; pero, así y todo, me parece á mí que teniendo en cuenta esto y lo otro (resume desastrosamente cuanto han dicho los que han hablado antes, y añade cincuenta desatinos de su cosecha), la dificultad está vencida. Repito, señores, que tal es el punto desde el cual debe mirarse la cuestión, según mi humilde entender. He dicho».

«Bravos» por acá y «bravos» por allá. Rumores en todos los rincones.—¿Quién es ése?—Pues el hijo de don Zutano.—¡Excelente chico!—Nómbrase la indispensable comisión, y entra en ella, el primerito, el orador. Al día siguiente no se le puede sufrir.—Como yo dije, como yo propuse... bien que ya usted me oiría... ¡y eso que no está uno hecho á esos lances, ni tiene pretensiones de orador!... ¡Ah! pues si no me tira de la levita don Práxedes, que estaba á mi derecha, ¡qué cosas salen á relucir! Pero es uno condescendiente y poco amigo de llamar la atención, ¡que si no!...