Los socios de la Unión soltera y de la Sociedad sin nombre, eran el terror de los tipos y la pesadilla de los legos y sacristanes; hacían, por sus travesuras, intransitables las calles en que estaban establecidas sus sociedades, y tenían por teatro de sus predilectas fechorías los bailes y paseos públicos, dejándolas sentir muy á menudo en ocasiones como el rosario de la Orden Tercera, en San Francisco, y las tinieblas de Semana Santa.
Encontrábase en la calle un grupo de elegantes, que iban de paseo departiendo sobre los más graves asuntos que cabían en sus rizadas cabezas, con el pobre Jerónimo, con su cara abotargada, su mirar yerto y sus brazos caídos al desgaire.
—¡Infla, Jerónimo!—le decían aquéllos, deteniéndose de pronto y rodeando al tipo.
Y éste hinchaba los carrillos, sobre los cuales iban los pisaverdes descargando papuchadas, continuando después la interrumpida marcha, sin que á Jerónimo, ni á los transeúntes, ni aun á ellos mismos, les chocase el lance lo más mínimo; antes al contrario, creyéndole todos la cosa más natural del mundo. Como lo era detener á Esteban, que todavía vive, pedirle la hora, y responder el detenido, con esa cara de frío que le caracteriza: «las tres», aunque fueran las diez de la mañana. Como lo era también decir á Juan, el aguador «alabado sea Dios», para tener el gusto de verle hincar la rodilla y santiguarse, aunque llevara sobre la cabeza la herrada llena de agua, y contestar: «Para siempre sea alabado su santísimo nombre», con otra retahila de que ya no me acuerdo. Como lo era, asimismo, convidar al tío Cayetano á beber en un café, y darle una purga por sangría, ó tinta de escribir por vino de Rioja. Como lo era, en fin, prender fuego al horno de la tía Cuca, cuando roncaba Mingo dentro de él.
Todo esto y mucho más que no cito, se consideraba entonces como natural, porque todo ello era en alto grado popular, penetrando la fama de esos tipos y la de su martirio hasta los más severos gabinetes de la culta sociedad.
No trato de discurrir aquí sobre si un pueblo que con tales pequeñeces se preocupa, es preferible ó no al que, como el de hoy, peca por el extremo contrario, de despreocupado y desdeñoso; sobre si las crueldades cometidas entonces por la juventud llamada á encargarse de los futuros destinos de su país, revelaban mejor ó peor corazón que el que hoy debemos suponer bajo la precoz formalidad que caracteriza á nuestros intonsos legisladores é imberbes periodistas. Dejo esta tarea al buen juicio del lector, y me limito á decirle que in illo témpore aún no se conocían en Santander las diligencias por la carretera, y creo que ni los vapores por la bahía.
Cuando la superficie de este dormido lago comenzó á agitarse á impulso de los nuevos aires, la clase acomodada fué reparando poco á poco en la estrechez del círculo en que hasta entonces había vivido, y á bordo de un vapor por la boca del puerto, ó en el mullido interior de las diligencias peninsulares, por la carretera de Becedo, salió á descubrir más anchos horizontes. Desde aquel momento, las costumbres populares de Santander sufrieron una transformación casi radical, y sólo quedaron en escena la clase del pueblo, que viene dando hasta hoy grandes pruebas de que sobre ella pasan en vano años y civilizaciones, más algunos pocos recalcitrantes de la otra clase, apegados con exceso á los viejos hábitos, que se limitaban á escaramuzas aisladas y completamente independientes de las feroces campañas del populacho.
Á esa época pertenecen los brevísimos episodios que voy á referir, no por lo que en sí tengan de interesantes, que nada tienen, sino por el contraste que forman, atendida su reciente fecha, con la despreocupación y la tolerancia que caracterizan en la materia á Santander de hoy, y también por si encuentro un lector de allende estas montañas que, al conocerlos, exclame:
—¡Lo mismo sucedía en mi pueblo!