Muy pocos años después de la desaparición de Caparrota y de Cobertera de la escena del mundo, y cuando el martirio de Mingo y de Jerónimo corría de cuenta exclusiva de la gente menuda, é ingresaban en la Casa de Caridad don Lorenzo y Tumbanavíos, entraba en España la primera locomotora, y yo en plena pubertad... y á cursar tercero de filosofía.
Robustote y fuerte por naturaleza, y hasta gordinflón (¡quantum mutatus ab illo!), á pesar de mis catorce años representaba diez y nueve, circunstancia que no dejaba de darme alguna preponderancia entre mis condiscípulos, sobre todo, entre los que eran más débiles que yo. Pues, señor, en aquel tiempo tuvo un pariente mío la desdichada ocurrencia de regalarme un sombrero de copa. ¡Me parece que le estoy viendo! Era de finísimo castor aplomado, largo de pelo y apañadito de cilindro. Aunque no tan bajo, en el conjunto de su arquitectura se daba bastante aire á los que usan en este país los curas de aldea.
Habrán observado ustedes que las familias clásicas han tenido siempre la obstinada manía de que sus muchachos se revistan, cuanto antes, de la mayor formalidad posible, y truequen, por el de los hombres circunspectos, el carácter y hasta los hábitos propios de la edad del trompo y de la cometa. La mía (es decir, mi familia, no mi cometa) fué en este punto una notabilidad, y puedo asegurar que desde el instante en que llegó á mis manos el condenado regalo, se trocaron para mí en amargura los antes dulcísimos placeres de los días festivos. No bien en uno de éstos asomaba el alba y empezaba yo á respirar con íntima satisfacción, recordando que por aquel día no me aguardaban disertaciones metafísicas ni traducciones de Horacio, cuando me hacía estremecer el arrastrado sombrero, colocado sigilosamente durante la noche sobre el equipaje dominguero que debía vestirme al levantarme.
—¡Hoy no te escapas sin ponerle!—me decían por todo consuelo.—Y yo, no atreviéndome nunca á responder abiertamente que no, pero resuelto á ejecutarlo, aguardaba un momento oportuno para encasquetarme la gorra y echar por la escalera abajo como perro goloso. Pero ¿creen ustedes que yo gozaba después entre mis camaradas? ¡Ni por asomos! El recuerdo de lo que me esperaba al volver al hogar por mi desobediencia, calificada ya de rebeldía; la idea de que por la tarde necesitaba jugar la vuelta otra vez á la gente de mi casa para salir á la calle sin la afrentosa colmena, y la consideración de que estos sudores tendrían que repetirse en adelante cada día de fiesta, aplanaban mi espíritu y envenenaban mi sangre.
La razón que tenía mi familia para empeñarse tan tenazmente en que me pusiera el sombrero, era que yo parecía ya un hombre, y que, por lo tanto, me sentaba muy mal la gorra. Los motivos que yo tenía para no ponérmele eran de muchísima consideración para mí; pero, desgraciadamente, de ninguna para mi familia, porque no creía en ellos, por más que yo se los expusiera hasta con lágrimas en los ojos.
Y lo cierto es, acá para inter nos, que á veces se me iban los susodichos por el maldito sombrero, y que hubiera dado hasta una caja de pinturas, que yo apreciaba en mucho, por haber podido sacarle á la calle impunemente. Tenía una fragata, á toda vela, pintada en el forro interior de su cúpula, que me enamoraba, y parecía estampada allí para enseñársela á unos cuantos de mis condiscípulos que se daban humos de pintores, porque sabían iluminar barcos con el amarillento jugo que sueltan en primavera los capullos de los chopos de la Alameda Segunda.
En esto llegó el día del Corpus, y yo iba á estrenar en la procesión un traje que tenía que ver. Se componía de pantalón de grandes cuadros, con trabillas de botín, tuina de mezclilla verdosa con cuello de terciopelo, chaleco de merino perla con botones jaspeados, y corbata azul y roja con ancho lazo de mariposa.
Cuando, con este atavío, me miré al espejo, confieso que me pareció muy mal la gorra que, por vía de prueba, me puse en la cabeza: me encontraba con ella un si es no es descaracterizado, y más que un elegante en toda regla, parecía un mozo de mostrador cortejante dominguero de doncellas de labor. En cambio, con el sombrero puesto, me hallaba en riguroso carácter de persona decente, y hasta disculpaba en mis adentros la incesante pretensión de mi familia.
Pero ¿cómo me arriesgaba yo á lanzarme al público con la velluda cúspide sobre mi cabeza? La gorra no era elegante, en verdad; pero, en cambio, me permitía asociarme á mis amigos, correr, observar, divertirme y gozar sin tasa de los atractivos de la procesión. Pero con el sombrero... ¡Oh! Los inconvenientes del sombrero eran capaces de hacer sudar al muchacho de más agallas.
Mi familia debió enterarse de mis vacilaciones, porque hallándome en lo más comprometido de ellas, supo explotarlas tan bien, tanto me aduló, tanto ponderó mi garbo y mi estatura, que, vencido al cabo, arrojé la gorra debajo de la cama, como si quisiera huir de todo peligro de tentación; me calé el sombrero, cerré los ojos, y me lancé á la escalera, zumbándome los oídos y viendo las estrellitas sobre celajes del rojo más subido, entre relámpagos verdes y amarillos, y otras muchas cosas que sólo se ven en circunstancias como aquéllas y cuando aprietan mucho unas botas nuevas.