Á media escalera se me pasó la fiebre; vi clara y despejada la situación, y retrocedí. Pero al llegar á la puerta de mi casa, temí los anatemas de mi familia; pasé un breve rato comparando los dos peligros; elegí el peor, como sucede siempre á los hijos de Adán cuando les importa mucho lo que meditan, y me planté en el portal.

En el que me entraron nuevos y más copiosos sudores, porque nunca había contemplado tan de cerca lo arriesgado de mi empresa. Pero estaba ya resuelto á no retroceder por nada ni por nadie. Reconcentré en un solo esfuerzo todos mis vacilantes bríos; y como bañista perezoso que teme el primer remojón, contuve el aliento, hinché los carrillos, cerré los ojos y me eché á la calle, sin que pueda describir el efecto que ésta me hizo, porque yo no veía más que el ondulante pelambre del plomizo alero que asombraba mis ojos extraviados.

No obstante, al doblar la primera esquina, lograron grabarse con toda claridad en mis pupilas las estampas diabólicas de dos pilluelos que departían amistosamente en un portal. Al verme uno de ellos, respingó como si le hubiera electrizado súbita alegría; llamó hacia mí la atención de su camarada, y exclamó con un acento que me atravesó desde la copa del sombrero hasta las trabillas de mi estirado pantalón:

—¡Agua! ¡Qué pirulera!

—¡Me la parten!—dije entonces para mi chaleco perla.

Y, acto continuo, dos tronchos de repollo pasaron zumbando junto á mis orejas, y fueron á estrellarse en la pared de enfrente.

Comenzaban á realizarse mis temores.

Híceme el desentendido á esta primera insinuación; apreté el paso, y pronto me encontré de patitas en la carrera de la procesión, que estaba cuajadita de gente. Culebreando un rato entre ella me creía ya inadvertido para todo el mundo, merced al barullo, cuando di de hocicos con un grupo de calaverillas domingueros, con gorritas de terciopelo, chaquetillas de paño negro, pantalón muy estirado de perneras y muy ceñido á la cintura, nada de tirantes ni chaleco, y mucha punta de corbata; traje que en aquellos tiempos privaba mucho entre la gente joven y de buen tono. Al verlos, traté de hacerme á la izquierda, convencido de lo que me esperaba si me veían; y ya creía logrado mi propósito, cuando oí decir á uno de ellos con un retintín que me heló la sangre:

—Siempre me han hecho á mí mucha gracia las bombas de castor.

—Eso va conmigo,—pensé yo, echando ambas manos á las alas del sombrero para asegurarle bien, y lanzándome resuelto á naufragar en aquel mar de gente. Media braza habría penetrado en sus profundidades, cuando un golpe despiadado sobre la cúpula velluda, me hundió el ignominioso bombo hasta la punta de la nariz. Saquéle como pude, jadeando de angustia; esforcé aún más mi empuje; pisé á muchas personas que, por desgracia, todas tenían callos; bramaron de ira y de dolor, fijáronse en mí: y al ver el sombrero, como si fuera la cosa más justa y natural, le saludaron con una descarga cerrada de cales á la media vuelta, tan nutrida y constante, que á mí mismo me daba lástima de él.