Al cabo de tantos atropellos, mi espanto se trocó en furor. Recordé que yo también tenía puños, y no flojos; y á ciegas, como estaba por la vergüenza y el despecho, comencé á esgrimir los brazos en todas direcciones, y á machacar cráneos, halláranse ó no coronados por apéndices tan ignominiosos como el que á tales malandanzas me arrastraba en aquel día infausto. Pero mi heroica resolución sólo contribuyó á que me persiguieran más y más los odios populares; los cuales, al fin, me estropearon un ojo y me rasgaron el faldón de la tuina. En tal situación logré llegar á la Ribera, que estaba, á Dios gracias, despejada de calaveras y pilletes, que todos eran unos.

Allí me atreví á contemplar entre mis manos el sombrero. ¡Cómo me le habían puesto! La copa se había derrumbado á la derecha; y como si todo él hubiese participado de la irritación en que se hallaba mi espíritu, tenía el pelo erizado, como los gatos en pelea, y hasta se me antojó que su color plomizo se había trocado en verde bilioso, como debía de ser entonces el de mi cara. Enderecé la copa como mejor pude, no por cariño, bien lo sabe Dios, y me dispuse á volverme á casa por calles solitarias.

Á poner iba en práctica mi plan, después de prender con un alfiler el jirón de la tuina, cuando distinguí un grupo de camaradas de colegio que venían hacia mí. Volé á su encuentro, ansioso de rodearme, para un evento, de corazones nobles y caras amigas. Pero me engañé miserablemente. Ellos no corrieron hacia mí con la franca cordialidad que acostumbraban cuando yo llevaba gorra. Lejos de ello, se detuvieron sorprendidos; después se miraron unos á otros, en seguida se sonrieron, luego me rodearon apostrofando irónicamente á mi sombrero, y hasta pretendió alguno de ellos tomarle el pelo. Este desengaño me aplanó. Prometí solemnemente romper el bautismo al que tocase la copa maldecida; y por consejo de los mismos, que parecieron condolerse de mi situación cuando se la referí detalladamente, me dirigí á mi casa. Pero al pasar bajo el Puente de Vargas, y cuando apenas había salido del término de su sombra, una descarga de tronchazos llovió sobre mi cabeza. Al volver los ojos hacia arriba, no sin ciertas precauciones, sorprendí á mis amigos en el acto de saludarme con otra descarga. Huyeron al verse cogidos infraganti; y yo, jurando romperles las narices en cuanto me pusiera la gorra, metí el sombrero bajo la tuina y apresuré la marcha, prefiriendo asarme la mollera al sol, á sufrir un martirio como el pasado.

De este modo llegué á casa, donde faltó muy poco para que me solfeasen las espaldas por término de mis desventuras, pues nadie quiso creer el relato que de ellas hice; y todos se empeñaban en que las abolladuras del sombrero, y el jirón de la tuina, y la hinchazón del ojo, eran consecuencias de alguna travesura indigna de un mocetón como yo. ¡Pícara justicia humana!

Este nuevo golpe me dio fuerzas con que antes no contaba. Entré en mi cuarto; y con el placer que puede sentir un africano al desbandullar á un sabio inglés, rasgué con el cortaplumas en cuatro pedazos la execrable copa.

—Esto—pensé,—me costará una felpa; pero me pone á cubierto de nuevas afrentas. Sublata causa, tollitur efectus,—añadí, hasta con entusiasmo, recordando algo del poco latín que sabía.

Y á pique estuve de llevar la felpa cuando se supo en casa lo que yo había hecho con el peludo regalo; pero no volví en adelante á sufrir amarguras como las de aquel infausto día; y puedo asegurar á ustedes que tenía bien cumplidos los veinte, cuando me atreví á presentarme en las calles de Santander con sombrero de copa alta.

III

Repito que no saco á plaza las aventuras de mi primer sombrero, por lo que ellas puedan interesar á otra persona que no sea la que iba debajo de él cuando ocurrieron. Cítolas por lo dicho más atrás; y añado ahora, que lo que me pasó á mí en el mencionado día solemne, estaba pasando en Santander á todas horas á cuantos infelices tenían la imprevisión de echarse á la calle con sombrero de copa, y sin algún otro signo característico de persona mayor, y además decente.

Como hoy se proveen los chicos de novelas ó de cajas de fósforos, entonces se proveían de tronchos de berza y de pelotillas de plátano; y había sitios en esta ciudad, como el Puente de Vargas, los portales del Peso Público, los del Principal, la embocadura de la cuesta de Garmendia y la esquina de la Plaza Vieja y calle de San Francisco, que constantemente estaban ocupados por exterminadores implacables del sombrero alto. Los pobres aldeanos de los Cuatro lugares que no gastaban, como hoy, finos y elegantes hongos, sino enhiestos tambores de paño rapado, caían incautos en estas emboscadas, que muchas veces dieron lugar á furiosas represalias.