—¡Atízale, Pipa!—le decían los otros.
Pero Pipa estaba por seguir, antes de la violencia, los trámites pacíficos.
—¿Quién te dió esa estopa?
—Lo he trincao—contestó Cafetera con acento sublime.
¡Mágica palabra! Con ella dió el neófito, sin sospecharlo, una idea de su capacidad futura. Aquella cabeza chata, crespa y enmarañada, se había engrandecido á los ojos de la patulea con la aureola del genio; el chico prometía mucho. Pipa, que no se parecía en nada á las eminencias de nuestra esclarecida sociedad, lejos de sofocar aquella naciente inteligencia, soltó la presa que tenía agarrada y se dispuso, después de mirar á los suyos, á prestarle toda la influencia de su posición.
—Sígueme—le dijo con ademán solemne.
—¿Aónde?
—Á pulir la estopa. ¿Tienes más?
—¡Tengo un escoplo, de mistó!
—¡Aprieta!… ¡Viva Cafetera!—exclamó el jefe, echando á correr hacia
San Felipe.