—¡Viva!—contestaron los demás, siguiéndole y llevándose en medio al protegido.
Por un callejón que entonces era intransitable por lo pendiente, y hoy es inaccesible porque forma ángulo recto con la bóveda celeste, echaron nuestros personajes á paso de carga, y no se detuvieron hasta llegar á una pequeña barraca, incrustada entre un murallón de San Felipe y otro del Cristo de la Catedral, en cuyo estrecho recinto se veían amontonados diversidad de objetos, clasificados con la mayor escrupulosidad, y todos de la especie de los que ya Pipa había recibido de manos del neófito.
Allí, desde tiempo inmemorial, afluían los raqueriles productos de todo el pueblo, que, aunque singularmente valían cortísimas cantidades, llegaron, según es fama, á formar, en cuerpo colectivo, un decente capital al humilde mercader que, ocultando su mustia fisonomía bajo una gorra de pieles, y detrás de unas gafas como dos ruedas de polea, tenía fuerza de voluntad ó codicia bastante para luchar de sol á sol con tan notabilísima parroquia.
Clasificando estaba unas chapas de cobre, cuando asomó Pipa la cabeza dentro de la tienda.
—¿Qué traes tú, pillete?—le interrogó, mirándole por encima de las gafas.
—Esto—contestó lacónicamente Pipa, depositando el género sobre una mesa.
El mercader de estopas y de cobre lo miró un instante como para evaluarlo, y sacó del bolsillo, con mano torpe y perezosa, media peseta que dió al raquero.
—¿No echa más usted?—dijo éste contemplando la moneda.
—Nada más.
—¡Ay, qué contra!… ¡Pues si el escoplo solo vale medio chulé!