—¿Sí?—gruñó el comprador;—¡pues descuídate y verás si te llevo al
Capitán del puerto, tunante!
Pipa comprendió que más valía callar que comparecer ante tan encopetado personaje. Así es que tomó la moneda, enseñó la lengua al de las gafas … y, á ser tan buen negociante como raquero, hubiera podido comprender, á la sola consideración del contrato que acababa de hacer, que, sabiendo comprar, hasta la estopa, bien exprimida, arroja productos de oro. Pero ni el nene había soñado jamás con la piedra filosofal, ni reparaba en los rendimientos de sus empresas cuando maldito el capital arriesgaba en ellas. Por eso salió muy ufano á la calle, reunió á los suyos, contólos uno á uno, miró á Cafetera con un poquillo de ternura, y con otra seña muy expresiva los arrastró á todos á la taberna de enfrente, en la que entró gritando:
—¡Seis tazas de café y seis copas de anisao!
Cuando los granujas trasegaron á sus estómagos, en dos sorbos, las pócimas infames que les sirvió el tabernero, pagó Pipa el gasto con la media peseta, más un cuarto que sacó de un pliegue de su mugriento gorro, y salieron todos á la calle. En ella formaron círculo, y el capitán, después de escupir contra la cara del más inmediato, echó mano á Cafetera y así le habló:
—Ya sabes, nene, dónde se compra cuanto se apanda. Mucho ojo y mucha vela. En un apuro, cuenta con nosotros. Raquear, á barredera, y mejor el cobre que el chicote. Si ves que andan las chapas, al vuelo … y aprieta á correr. Si hay cané, orza y arría la mayor…; y avisa cuando haya trigo, que ya sabes cómo se gasta.
Calló Pipa, miró á Cafetera que le escuchaba muy serio, y arrimándole un puntapié por la popa,—¡Á vivir!—le dijo.—Y se disolvió el corro, marchándose cada quisque por donde quiso.
III
Bien enterado Cafetera de los azares y estatutos de su nueva profesión, no quiso lanzarse á ella sin prevenirse antes contra las eventualidades. Al efecto, logró colocarse en uno de los botes del servicio público.
Era de su incumbencia achicar el agua; componer estrovos; buscar fletes y cuidar de la embarcación cuando el botero no estaba presente; todo lo cual le producía un ochavo de café para el desayuno, una propina de cuatro ó seis cuartos por cada flete si éste valía la pena, lecho sobre el panel y una copa de caña de vez en cuando, amén, de algún chicotazo que el patrón le sacudía siempre que lo juzgaba oportuno.
Fuera del tiempo que esto le llevaba, consagraba el día al ejercicio de su industria.