—¿Qué dice de esto el tío Merlín?—preguntó el alcalde después que, como todo el concejo, le hubo mirado por algún tiempo en silencio, estudiando hasta el rumbo más vago de su garrote.

El interrogado, sin dejar de hacer garabatos, miró de reojo á todos los circunstantes; fijóse en el alcalde, que inclinado sobre la mesa enseñaba unos dientes tan grandes como habas cochineras, ansiando la respuesta del viejo, y después de arreglar la chaqueta sobre los hombros, contestó muy pausadamente:

—¿Conque … qué digo yo de esto, eh?… Pues digo que…. ¡Jummma!…

Esta carraspera arrancó al concejo una carcajada que duró medio cuarto de hora.

—Vamos al decir, tío Merlín, de que usté cree….

—Que la cosa no trae malicia, señor alcalde … ¡jui! que las pillo yo al vuelo….

—Pero, señor, fegúrese usté que el hombre me llama y me ice «doy el reló pa la torre sin el menor aquel de gastos pa el respetive: yo pago too el jaleo, y pueen ustedes desde hoy avisar á los carpinteros y albañiles que han de juriacar la paré, porque la cosa estará aquí en toa la semana que viene.»

—¡Hola!… ¿Conque hubo too eso? ¿Conque le ice á usté ese señor que busque carpinteros y que juriaque la paré de la torre…, y entoavía no atisba usté la estruchá?

—Hombre—repuso el alcalde con cierta humildad que le imponía la sagacidad del viejo,—no diré yo que no viera algo de ella, y por eso mandé tocar á concejo…. Pero ello, ¿qué es lo que usté teme?

El tío Merlín bajó la cabeza, sonrióse, volvió á hacer rayitas en el suelo, y por toda contestación largó otro ¡jummmaaá! que produjo el mismo efecto que el anterior. Al cabo de un rato añadió: