—Señores, en el juriaco que se quiere abrir en la torre, ¿no ven ustedes ná?
Los circunstantes se encogieron de hombros.
—Lo dicho—continuó el viejo,—no ven ustedes un buey á cuatro pasos…. Pues yo veo que por ese juriaco se nos mete en casa el forastero; que el reló es una trampa que se nos quiere armar para dejarnos á toos en cueros vivos en el día de mañana.
Una exclamación de sorpresa fué la contestación del concejo.
—Eso no puede ser, tío Merlín—objetó luego el alcalde;—la cosa no trae tanta malicia. ¿Y á qué se agarra usté pa creer…?
—¿Que á qué me agarro?… Esa es cuenta mía. Nos vió aldeanos, le gustó el pueblo, y dijo: «á pescar lo que se pueda….» Porque, señores, pinto el caso de que uno cualquiera de ustedes va al lugar de ese señor, y tiene tanto dinero como él: por mucho que el lugar le guste, ¿se le ocurrirá regalar un reló para la torre de la iglesia?
—Es claro que no—contestaron algunos.
—Pues cátalo ahí—exclamó triunfante el tío Merlín.—¿Á qué santo ese hombre nos ha de regalar un reló, sin más acá ni más allá?
El concejo se quedó tamañito bajo tan contundente argumento.
—De manera—dijo el alcalde,—que nos convendrá decir á ese señor que se guarde el regalo para engatusar á otros tontos….