—Que pase adelante—dijo éste, siempre dispuesto á complacer á todo el mundo.

Un momento después penetró en la sala, pisando tímidamente, un aldeano de madura edad, con la chaqueta al hombro, barba de quince días, y dando vueltas en las manos á un mugriento sombrero que solamente cesaba de girar cuando el aldeano sacaba una de ellas de la arrugada copa para retirar hacia atrás las ásperas y encanecidas greñas que le caían sobre los ojos.

—Tengan ustedes buenas tardes.

—Muy buenas las tenga usted; y díganos en qué puedo serle útil.

El recién venido titubeaba.

Al cabo de un rato bien largo de toser, cambiar de punto de apoyo, manosear el sombrero y luchar con sus greñas, comenzó así el aldeano:

—Pues, señor, yo soy, pa lo que usté mande, Cleto Rejones, y vivo aquí, á la esquierda, cancia la juenti, como el que tira á la mies del Jalecho, en una casa sola que usté habrá visto al ir á cazar esta mañana…, que tiene un higar delante….

—La del suceso que me has contado—añadió don Silvestre, dirigiéndose á su amigo.

—Adelante—contestó éste, más interesado ya en saber el objeto de la visita.

—Pues, señor, resulta de que yo, á la vera de la casa, tengo un güerto de carro y medio de tierra, que, en buena hora lo diga, es una alhaja pa el dicho de coger patatas y posarmos pa el avío de la casa…; como que el viudo del Cueto me daba por él un prao de cinco carros y un rodal viejo, y no se le quise cambiar…. ¡Que me muera de repente si es mentira!