—Si nadie lo pone en duda, hombre de Dios—repuso, riéndose, el de
Madrid.—Pero vamos á ver lo que usted desea.

—Á eso voy de contao…. Resulta de que yo, como decía, tengo un güerto de carro y medio de tierra á la vera de la casa, y de que ese güerto tiene una paré que le cierra sobre sí. Resulta de que esta paré se vino á tierra está mañana, por la parte de la calleja.

—Dé lo que doy fe porque lo vi…. Adelante….

—Resulta de que, al caer la paré, quedó un juriaco abierto.

—Claro está.

—Y por ese juriaco entraron después, con perdón de usté, dos de la vista baja[7].

—Adelante.

—Y estos dos de la vista baja, con perdón de usté, me jocaron el güerto, me comieron las patatas, me tronzaron los posarmos y me desbarataron dos semilleros de cebollas….

—Hombre, ¡qué lástima!—exclamó, verdaderamente condolido, el noble forastero.

—Como usté lo oye, señor: crea usté que para mí ha sido hoy un día desgraciao.