Y el bueno del aldeano, al decir esto, menudeaba más y más los giros de su sombrero, y bregaba, hasta sudar, con los mechones de su áspera cabellera.

El huésped de don Silvestre, creyendo que las pretensiones del aldeano se reducían á pedirle alguna cantidad para reparar la avería, dispúsose desde luego á dársela bien cumplida; pero no quiso hacerlo sin que el aldeano se insinuase de alguna manera, temiendo herir su delicadeza.

—Y ¿qué es lo que usted pretende de mí?—repuso con intención.

—Señor—contestó el aldeano,—yo quisiera que se nombrase una presona que fuera á reconocer el daño, y que le tasara.

—No esta mal pensado…. Pero ¿contra quién va usted á reclamar?

—De modo y manera es que … la paré bien tiesa se estaba….

—Sí…, hasta que se cayó.

—De modo es que, si no la hubieran aboticao…[8].

—Luego, ¿se sabe quién la tiró?…

—Paece ser que hubo testigos….