Porque entre estos seres incultos, el más bárbaro parezco yo, que no puedo hacerme comprender de nadie, al paso que soy víctima de las miserias de todos.
Huyendo de los inconvenientes de su trato, me aislé en tu casa y busqué la soledad fuera de ella: ya has visto lo poco que adelanté con esta medida. Las ruines cavilaciones de tus convecinos me han perseguido hasta en mis solitarias meditaciones. Y todavía diera de buena gana estas molestias, si los ratos en que me veo libre de las asechanzas de ese espíritu villano, pudiera consagrarlos al completo olvido de mí mismo, ó al cultivo de mi inteligencia y á la adquisición de nuevos conocimientos con el estudio; pero lejos de ello, ese tiempo no me alcanza para precaverme contra unos y vencer el despecho que me producen los actos de los otros; porque el maldito amor propio se rebela lo mismo en estas pequeñeces que en otros asuntos de mayor importancia. Y esto es lo sensible, Silvestre: el día en que tome con tanto calor como estos ignorantes causas de tan mezquina condición como la que acabo de ganar, he de ser tan villano como ellos, sin que me sirva de nada la experiencia que debo á mi azaroso trato con la gente culta. Que he de contagiarme de estos miasmas, no tiene duda, y apelo á la reciente escena: evitemos la ocasión del peligro, cuyo solo recuerdo me estremece.
Y no quiero decir que estos aldeanos sean de peor condición que los de otros países, no señor: tus convecinos son, tal vez, mejores que todos los demás campesinos de la península, por más de un motivo; pero al fin son aldeanos, y basta.
Tú que has recibido cierta educación, y que, por tu dependencia y trato con algunas personas ilustradas, distas mucho de esta canalla, comprenderás lo que digo; y sírvate de prueba la guerra perpetua en que estás con el vecindario.
Si dentro de este elemento caben paz y poesía, venga Dios y véalo.
Sin embargo, tú, nacido en esta libertad, bajo esta atmósfera, y aclimatado á estas luchas, no puedes soportar el ruido del mundo: dentro de él te desorientas, te mareas. Yo me asfixio entre esta humanidad resabiada, que es dócil para dejarse perder por un ignorante maligno, é indómita cuando la hablan los consejos del saber y de la sana razón.
Cada uno necesita para vivir el elemento que le ha formado: el hombre culto, la civilización; el salvaje, la naturaleza. SUUM CUIQUE, Silvestre, como decía nuestro dómine cuando daba un vale á algún discípulo aplicado, mientras desencuadernaba las costillas á zurriagazos á otros veinte holgazanes.
En fin, amigo mío, haciéndome justicia con tus propias palabras, en el mundo estoy como el pez en el agua. Con que á Madrid me vuelvo.
XV
Algunos meses después de este discursillo, ganó don Silvestre el pleito gracias á las oportunas recomendaciones de su fiel y buen amigo, que nunca se olvidó en Madrid del noble corazón del mayorazgo. Éste se sintió tan aburrido desde que los procuradores cesaron de visitarle, que temiendo adquirir una enfermedad, cedió á los consejos del cura, humillando su ruda cerviz al yugo de Himeneo. Bien es verdad que don Silvestre hacía mucho tiempo que hablaba con inusitado empeño de la necesidad de perpetuar su casta, y no faltaba en el pueblo quien atribuyera esta circunstancia á los ojazos negros de una moza de ocho arrobas, heredera de un decente patrimonio, que fué la que, al fin, tuvo la honra de conquistar la mitad del lecho de nuestro amigo, el vástago más notable de la insigne familia montañesa de los Seturas.