Calló la voz, y al momento, con misteriosa prudencia, un ventanillo se abrió en el fondo de la puerta. —¡Nela! ¡Colás!…, ¡no seas bruto! —¿En qué te he ofendido, Nela? —Ya te he dicho que no cantes. Colás…, ¡no me comprometas! ¡Mira que cada cantar una paliza me cuesta! —¡Una paliza, mi bien! —¿Y quien rayos te la pega? ¡Dímelo, Nela, por Dios; por Dios me lo dice, Nela! —¡Pégame, Colás, mi padre, mi padre, Colás, me pega! —Entonces….—Entonces ¿qué? —Entonces, nada, pacencia … y no me olvides, por Dios, aunque á puro darte leña se te queden las costillas como una banasta vieja. —¡Es que ya no puedo más! —No importa, puede ó revienta; que, al fin y al cabo, ha de ser…. Dame de amor otra prenda. —Toma una liga, Colás: bien caliente te la llevas….
Dijo, y le entregó un esparto que él se guardó en la chaqueta. —Ahora, por esa ventana echa los morros afuera. —¿Para qué?—Pa lo que sabes…. —No seas bárbaro.—¡Anda, Nela!
……………………………
—Ahora, vete.—No me voy. —Quiero que te largues, ¡ea! —¡Mira que entovia es trempano! —Pues si no quieres, lo dejas. Y le dió con la ventana en la mismísima jeta. —Ascucha, Nela, otro poco…; ¡no te me encultes!…, ¡aspera!— gritaba el pobre Colás dando golpes en la puerta. —Nada más que un poquitín, ¡cinco menutos siquiera!
Y á la misma cerradura pegaba el pobre la oreja, para escuchar si volvía la su idolatrada Nela.
Un largo rato pasó exhalando amargas quejas, llamando en todos los tonos y sacudiendo la puerta; pero fué tiempo perdido, porque ya roncaba Nela.
Entonces, desesperado, maldijo su suerte perra, calóse más el sombrero, abrochóse la chaqueta, y, requiriendo el garrote, salió del corral afuera. Echó por el prado abajo, torció luego á la derecha, un seto saltó después; y, al entrar en la calleja, antes que los matorrales por completo le cubrieran, otro relincho lanzó volviendo atrás la cabeza. Después siguió su camino; internóse en la calleja, y se apagó entre el ramaje el son de sus almadreñas.
LA BUENA GLORIA
I
Más de un lector, al pasar la vista por este cuadro, ha de pensar que es una invención mía, ó que, cuando menos, está sacado de las viejas crónicas de la primitiva Santander. Conste que semejantes dudas ni me ofenden ni me extrañan.