—Para los dolientes, á cuatro cuartos—dijo, mirando á todos.

—Eso es poco—contestó un hombre.

—Somos muchos—añadió otro.

—Á rial—volvió á decir la mujer.

—Curriente—replicó el coro.

Y la que le dirigía levantó por el costado derecho su saya azul, metió la mano en una anchísima faltriquera que apareció encima del refajo encarnado, sacó cuatro piezas de á dos cuartos, y las arrojó sobre la mantilla. En la misma operación la siguieron otras compañeras y algunos hombres; y en muy pocos instantes quedó la mantilla medio cubierta por las monedas de cobre.

—¡Alto!—gritó la mujer;—no lo metamos á barullo: dir echándolo poco á poco, que aquí hay anguno que va á quedar bien con el dinero de los demás.

—Mientes—exclamaron algunas voces.

—Yo digo más verdá que todos vusotros juntos; y como sé lo que pasó en el intierro de la mujer del tío Miterio….

—Lo que allí pasó me lo sé yo mu retebién, y lo callo porque no te salgan los colores á la cara.