Entonces comenzó á mirar con desaliento la mezquindad de la Dársena, y la penuria de su explotación legal. Sucedíale algo de lo que al jugador que, acostumbrado á poner grandes cantidades á una carta, mira con aversión el corto salario que en la sociedad le proporciona el ejercicio de su profesión.
En fuerza de meditar sobre su situación concluyó por tirar su cesto á la mar; y sin otras armas que su ligereza de manos y de pies, se lanzó á lo sublime del arte.
De todo había en su nueva esfera de acción, especialmente de zozobras é inquietudes, dándoselas, y no flojas, la mala traducción que sus obras hallaban en el almacén de marras, único punto adonde él se atrevía á llevarlas, porque en la población del centro seguro estaba él de que no pasaban.
Todo, sin embargo, iba hallando colocación detrás de los montones de estopa del almacén, aunque á muy bajo precio por ser género de mala venta; pero no pudo haberla para el objeto de la última campaña de Cafetera.
Esto traía volado al raquero, que no sabía cómo deshacerse de él; pues ni regalarle quería, ni tirarle al mar, sin indemnizarse de los peligros que corrió al trincarle en la cámara de popa de un buque de gran porte.
El obstáculo que oponía á su compra el comerciante, era, aunque no se lo decía al raquero, el nombre del buque y el de su armador, diestramente esculpidos en la parte más integrante del aparato; nombres que no podían borrarse sin exponer la estructura de éste, ni darse al público sin grave riesgo de los haberes y libertad del mercader.
Largos días pasó Cafetera meditando sobre el asunto; y ya casi olvidado de él estaba una mañana en que había libado bastante, sentado sobre un guardacantón, fumando una colilla, á caza de fletes para el bote y en espera de sus amigos para jugar al cané.
Mucha gente había pasado sin contestar al «¿quiere un bote?» con que el raquero interpelaba á todo el mundo, cuando apareció en escena un señor que, según dijo el pillastre, traía cara de flete.
—Usté, ¿quiere un bote pa dir á bordo?—le dijo, como tenía por costumbre, así que le tuvo á su lado.
El señor, contra las presunciones del granuja, pasó de largo, echándole á la cara una bocanada de humo de su grueso cigarro.