—¡Ó no!
—¡Ó sí, te digo!
—¡Que no, y rete que no!
—¡Que sí, y rete que sí! Y si has pensao que porque está aquí el tu marido me he de morder yo la lengua y me he de amarrar las manos, te llevas chasco…. Mira, pa él y pa ti.
Y la escanciadora del aguardiente, fingiendo una sonrisa de desprecio hasta alcanzarse las orejas con los extremos de su boca, escupió en medio del corro con la desenvoltura más provocativa. Pero su adversaria, no bien llegó la saliva al suelo, rugiendo como una pantera, saltó sobre la retadora, y asiéndola con todas sus fuerzas por el pelo, la hizo tocar el polvo con las narices; en seguida, de otro tirón la metió la cabeza entre sus piernas; oprimiósela á su gusto; y tendido el cuerpo, sobre las espaldas de su víctima, alargó la mano izquierda hasta cogerle las sayas por la altura de las pantorrillas; enarboló la diestra, trémula y amenazante…; y á no acudir la viuda á detenerla, hubiera castigado delante de la reunión á su enemiga, con la ofensa más terrible que se puede hacer á estas mujeres: con una azotina á telón corrido.
Detrás de la viuda acudieron algunos hombres, y á fuerza de sacudidas y porrazos, lograron separar á aquellas dos furias, que parecían haberse adherido entre sí.
—¡Dolervos de mis lágrimas!—gritaba la dolorida pescadora.
—¡Vaya usté mucho con Dios, zalamerona, cubijera!—la contestó, con un empellón, la vencedora.
—¡Yo cubijera!… ¡yo!—aulló aquélla, transformándose repentinamente en una loba rabiosa.
—¡Tú, sí!… Y esa bribonaza que me habéis quitao de entre las manos, te corría los cubijos cuando tu probe marido supo lo que eras: esa te traía el aguardiente y te vendía los cuatro trapos para comprarlo…. ¡Y tú, tú matastes al infeliz á pesaumbres!