Cada uno de los tres huérfanos recibió otra ración igual de pan y queso y medio vaso de aguardiente, previo el indispensable brindis «á la buena gloria del defunto».
Y obsequiada ya de este modo la familia, el vaso, el pan y el queso comenzaron á circular por la reunión entre murmullos muy expresivos, oyéndose de vez en cuando aquí y allá, bien por la chillona voz de una mujer, bien por la ronca de un hombre, la frase consabida «á la buena gloria del defunto».
La jarra volvió á presentarse otra vez delante de la viuda. Bebió ésta, bebieron sus hijos; y como al llegar á la mitad del corro faltase líquido, la escanciadora se retiró al centro de la sala, y exclamó en el tonillo de rigor:
—Á rial, para los dolientes.
—¡Para un rayo que te parta!—gritó la mujer que antes había reñido con ella.—¿Adonde se han dío dos azumbres de aguardiente que debía haber en la jarra?
—Pos al colaero tuyo y al de otras tan borrachonas como tú—replicó la interpelada, con desgarro.
—Oiga usté, desolladora, ¿va eso conmigo?—dijo una tercera mujer.
—Usté lo sabrá…. Y, por último, la que se pica ajo ha comido.
—Es que si fuera conmigo….
—Si fuera contigo te lo aguantarías.