—Que gloria se le güelva—contestó la reunión.

Sexto gemido de la viuda.

—¡Yo no puedo beber, que no puedo, que tengo un ñudo en el pasapán!
¡Ay, mariduco mío de mi alma!

—Vaya, mujer, que ya no tien remedio; y el perder tú la salú no le ha de resucitar á él. Toma un trago, que tendrás el estómago aterecío….

—No ha entrao en él un bocao desde antayer créemelo, por mi salvación.
¡Ayyyy!!

—Pus ahora comerás; y por de plonto, échate eso al cuerpo á la buena gloria del defunto.

—¡Ay!, por eso no más lo hago; bien lo sabe Dios.

Y llevándose el vaso á los labios, le agotó sin resollar.

—¡Ay, compañero de mis entrañas!—exclamó en seguida, limpiándose la boca con la manga de la camisa.

El pescador se acercó á ella entonces, y la dió una gran rebanada de pan con un pedazo de queso encima.