Y revolviendo su potro, como pudo, á cada grito, y la mano dando al uno y al otro las gracias fino, y á las mozas requebrando y atropellando chiquillos, atravesó la barriada y llegó al hogar carísimo, donde hubo besos y abrazos y todo lo consabido.

Después se sacudió el polvo con su pañuelo finísimo, guardó el caballo entre mantas («porque era una fiera el bicho, y tragándose el espacio al andar, sudaba el quilo»), anunció, como de paso, para muy luego el arribo de la consabida recua; y entre familia y amigos que á saludarle acudieron, circuló el jarro de vino, se cenó de lo mejor; y hasta que ya era por filo pasada la media noche, en loor al recién venido, duró la marimorena que, aunque inútil es decirlo, costó al jándalo los cuartos y á más de tres … el sentido.

Amaneció el nuevo día, y ya su ánimo tranquilo, abrió el jaque la maleta para mudarse el vestido; llamó ufano á la familia, y ofreció á cada individuo un regalo: un calañés á su padre; á un hermanito, una camisa de holanda (y era de algodón mezquino), y á su hermana un rico chal de la India (según dijo, pues era un retal menguado, de vara de pico á pico). Todo aquello, por supuesto, eran obsequios levísimos, pues las galas que traía hasta para los amigos, las conducía «la recua que quedaba en el camino».

Pasó el día de San Juan gastando largo y tendido y luciendo, aunque el calor hacía trinar los grillos, capa de largos fiadores sobre zamarra de rizos.

Al siguiente, el pobre viejo que iba á descansar tranquilo con el amparo del jándalo, de sus retoños seguido volvió al campo, como siempre, á doblar su cuerpo rígido sobre los terrones, que le daban sustento mísero.

En tanto vagaba el jándalo, sobre su andaluz bravío, por callejas y senderos, reconociendo los sitios que poco antes frecuentara con el dalle y el rastrillo…. Porque lo había olvidado todo, todo…, hasta el oficio, y el lenguaje de su pueblo y el nombre de sus vecinos.

III

Entre fiestas pasó un mes, descuidado peregrino, corriendo de feria en feria y embaucando á sus amigos con cuentos de Andalucía y primores que había visto.

Pero, ¡ay!, al llegar agosto, tentó con ansia el bolsillo que ya protestaba lacio, y, aunque con dolor vivísimo, vendió su caballo enteco (que nunca fué más lucido) en diez duros, no cabales, al primero que le quiso, para reparar algunos siniestros apremiantísimos, pues no llegando «la recua que quedaba en el camino», su traje se clareaba á puro darle cepillo, y sus botas se torcían y no bastaba el tocino para remediar las grietas ni para prestarles brillo. Trocó el presuntuoso puro de á cuarto por el mezquino pitillo; dejó el pan blanco y el riojano negro líquido, como regalo superfluo, sólo para los domingos; y aunque chancero y zumbón y fingiéndose aburrido, iba al campo algunas veces «á enredar con el rastrillo». Mas era que el pobre viejo, formalizado, le dijo un día:—«Si todas tus rentas son las que á casa has traído, ó trabajas ó no comes, que yo del trabajo vivo.»

Tras esto llegó septiembre, y el buen jándalo, afligido, gastó la última peseta que tenía en el bolsillo; y no asomando «la recua que quedaba en el camino», remendó los pantalones, comió berzas y respingos, emprendió con la tortuca con mucha pujanza y brío, dió en levantarse á la aurora, y trabajando solícito, se dormía por la noche cansado, si no tranquilo.