Ya no habló más en caló en medio de sus vecinos, porque se burlaban todos sin piedad de aquello mismo que, oyéndolo de su boca, aplaudían cuando vino.
Eran todos sus debates sobre carros y novillos; volvió á pensar en la herba, y á echar cambas … y cuartillos; llamó á la alubia barbanzo; dijo por vuelto golvío; por lo ignorado el aquel; en vez de boca, bocico; por agujero, juriaco, y en lugar de trajo, trijo. Dejó, en fin, su mixta jerga de andaluz muy corrompido, y volvió á adoptar de plano su propio lenguaje antiguo: rézpede, ojeuto, chumpar, rejonfuño, sostuvido, escorduña, megodía, sastifecho, tresponío…, lo más selecto y más clásico, lo más puro y más legítimo del diccionario especial de tamaños barbarismos.
Entonces ya confesó, sin ambajes ni remilgos que estuvo en Puerto Real tres años vendiendo vino y llevando garrotazos de padre y muy señor mío; que sacó seiscientos reales por todo producto líquido, después de comprar el jaco, ropa, escopeta y avíos, y que entró con una onza en su casa, el pobrecillo, y la gastó en francachelas por echársela de rico….
Y dos otoños, en fin, después de lo referido, con unos calzones pardos, un chaquetón de lo mismo, una camisa de estopa y zapatos con clavillos, salió otra vez de su pueblo montado sobre un borrico, para volver á la tierra de la viña y del olivo, á ganar otros seiscientos con los azares sabidos.
ARROZ Y GALLO MUERTO
I
Aún no se habrían extinguido las últimas chispas de la hoguera, y apenas asomaban los primeros rayos del sol sobre la cúspide de las montañas vecinas, cuando las campanas del lugar comenzaron á tocar al alba. Sin duda el sacristán había pasado la noche con sus convecinos bailando al fulgor de la hoguera; pues de otro modo, según pública fama, no hubiera sido capaz de tomar la delantera al sol para abandonar el lecho.
Comenzaba yo, entre sueños, á reparar en la tan, para mí, inusitada música, y tal vez hubiera conseguido no salir con ella del plácido letargo que me dominaba, cuando la tos, las pisadas y los gritos de mi tío que entraba en la alcoba con el objeto de despertarme, ahuyentaron completamente el sueño que, por ser el de la aurora, es el que más me gusta.
—¡Arriba, perezoso, que ya es hora!—oí gritar entre garrotazos sacudidos sobre los muebles, y taconazos y patadas en el suelo.
—¡Pero, señor, si está amaneciendo!—contesté balbuciente y restregándome los ojos.