—¡Con su cuenta y razón, tiña; no de ese modo!… ¡Un terrestre! ¡Á la Ferrolana pudo haberse atracado él á repartir licencias cuando dábamos la vuelta al mundo! ¡Bien saben ellos ónde se meten!… ¡Harto será, tiña, que no te güelvan á llamar; porque la ley es ley, y el que la hace la paga, si no es hoy, mañana!

—Pues, puño, con golverme por onde vine…. Así como así, pa ver lo que yo acabo de ver, morirse es mejor, cuanti más golver al servicio.

—¿Qué vistes, hombre?

—¡Lo último, puño; lo último que me quedaba que ver! Y créalo, tío Tremontorio: más me apesaumbra esto, que el venir con el pase del terrestre.

—Pero ¿qué vistes?

—¡Pásmese, hombre! Ahora mesmo, al pasar por el Muelle, he visto á la mi mujer vestida de comedianta, con un gorro á modo de pimiento, una casulluca con estrellas, y un pendón lleno de letreros, y más de un centenar de babiecas detrás de ella echando vivas yo no sé á qué.

—Eso es de todos los días, hijo; y no te pasmara si hubieras visto lo que yo voy viendo. Pero no tiene ella la culpa, tiña; que si no la pagaran por eso, no lo hiciera.

—¡Tarascona!…; la he de romper los pocos huesos que la dejé sanos….
Pero, ¿y los hijos, tío Tremontorio? ¿Qué será de ellos con esa madre?
Quiero ir ahora mismo á su casa para recogerlos.

—¿Á su casa, tiña? ¿Ónde está ella? ¿Sabe naide si tiene casa la tu mujer?

—¿Pus ónde duerme, puño?