—¡Retiña! ¿Cuándo se vió eso?… ¿Y serás capaz de venirte sin licencia?
—No, señor; traigo un pase.
—Pos ¿quién te le dió, cuando debieron haberte leído la sentencia de muerte?
—Un cabo de cañón y un terrestre de mucha soflama que mandaban allí.
—¿Y el señor comendante y los oficiales?
—Harto tuvieron que hacer con tomar puerto en la cámara, después de tumbar á media docena de prenunciaos.
—Pero, retiña, ¿cómo no te ahorcaron al saltar á tierra?
—Porque se tuvo por bueno el pase que me dieron á bordo, firmado por el terrestre.
—¿Y eres tú capaz de tomar cosa anguna de un terreste que se mete á mandar en una freata de guerra?
—¡Pero si no había otro remedio, puño!; y además, yo era ya cumplido, y de un día á otro tenían que despacharme.