Preguntando por él, supe que también había salido á la mar aquel día, y que era de los pocos que se habían salvado de la catástrofe, casi milagrosamente; pero que, con lo terrible del trance, los golpes y la frialdad del agua, á sus muchos años, habíase puesto á punto de morir.
No me satisfice con estas noticias, y quise verle, y lo conseguí.
Le hallé tendido en un pobre lecho, pálido, cadavérico; pero muy tranquilo y en reposo. Cuidábale otro marinero, que á su lado estaba de pie y con los brazos cruzados sobre el pecho. No me era extraño este personaje; y, en efecto, después de contemplarle unos instantes, conocí en él al Tuerto. Pero, ¡qué viejo, qué encanecido, qué anguloso y encorvado le hallé!
Como mi presencia no podía chocar allí en aquellos días en que la caridad no cesaba de llamar á las puertas de los náufragos, logré que el viejo pescador me recibiera mucho mejor de lo que yo esperaba de su rudeza habitual.
—Y ¿cómo se encuentra usted ahora?—llegué á preguntarle.
—Con el Práctico á bordo[18] desde ayer—me respondió con su voz de siempre, aunque más premiosa.
—Será por exceso de precaución—díjele, comprendiendo su náutica alegoría y deseando darle alientos.
—¡Qué precaución ni qué … tiña!—me replicó muy fosco!—Soy ya casco viejo, vengo desarbolao, el puerto es obscuro y la barra angosta…; ¿para cuándo es el práctico, si no es para ahora mesmo?
—Tiene usted razón—le dije, viéndole tan sereno.—En estos trances se prueba el temple del espíritu.—Ya veo que el de usted no necesita remolque.
—No, gracias á Dios, que me da más de lo que merezco. Ochenta años; no haber hecho mal á nadie en una vida tan larga; haber corrido tantos temporales, y venir á morir en mi cama, como buen cristiano y al lado de un amigo, ¿no fuera cubicia y desvergüenza pedir más, retiña?