Lo admirable de estas palabras está en que eran ingenuas, como todas las que salieron de la misma boca durante tantos años.
Seguimos hablando por el estilo, cuidando yo de encomendar la menor parte de la tarea al enfermo para no fatigarle, y conduje la conversación al extremo que deseaba.
Y pregúntele, después de encauzada á mi gusto:
—Pero, ¿no hay algún síntoma, algún anuncio de esos temporales?
—¡Anuncio!…—exclamó Tremontorio mirándome, con una sonrisa más amarga que el agua de las olas.—¡Anuncio, retiña!… ¡Pues si hubiera anuncio de eso!… Está usté en su lancha como la hoja en el árbol, ni quieto ni andando; la tierra á la vista, la mar como una taza de caldo; un si es ó no es de turbonada al horizonte…. ¡Retiña!, na, porque así se puede estar un mes entero…. Este carís no es pa que naide pique las amarras…. Pues, de súpito, le da á usté en la cara un poco de brisa; oserva usté el Noroeste, y ve usté venir, echando millas, á modo de una jumera, encima de una mancha parda que va cubriendo la mar, con un rute rute, que no paece sino que el agua se despeña por las costas abajo. Al verlo y al oirlo, la sangre se cuaja en el cuerpo, y los pelos se ponen de punta; arma usté los remos, isa una miaja de trapo pa ver de correr por delante; y, ¡tiña!, antes que se dé la primer estropá, ya está aquello encima.
—¿Á qué llama usté aquello?
—¿Aquello?… Aquello, señor, yo no sé qué sea, si no es la ira de Dios que pasa; aquello es la última; la de abrir la escotilla de las culpas y encomendarse á la Virgen Santísima; la de dejar la tierra para sinfinito y clamar por los suyos los que tienen en ella las alas del corazón.
—Bien; pero, ¿qué sucede allí en esos momentos terribles?
—Y ¿lo sabe anguno, por si acaso?… ¡Retiña!; faltan ojos y tiempo pa mirarlo…. Está usté en un jirvor de espuma, que zarandea la lancha como si fuera cascara de nuez; ese jirvor se levanta, se levanta…, y vuelve á bajar; y al bajar, cae sobre usté; y al caer, usté no sabe si caen peñas ó qué cae, porque quebranta y ajoga al mesmo tiempo; y al abrir usté los ojos, ¡tiña!, ni hombre, ni lancha, ni remo, ni costa, ni cielo, ni ná. ¡Allí no hay más que estruendo y golpes, y espuma y desamparo!…; ¡ni voz para clamar á Dios, porque en aquella tremolina no se oye uno á sí mesmo! Un trastazo le echa á pique, y otro le saca á flote; la cabeza se atontece, y el que mejor sabe anadar, trata de olvidarlo pa acabar cuanto antes.
—Pues á usted de algo le ha servido el saber nadar, puesto que logró salvarse donde tantos otros perecieron.