Miróme el hombre con torvo ceño, y díjome con profundísima convicción:

—¡Ni pizca, tiña!

—¿Cómo salió usted á tierra, si no?

—Porque Dios quiso, y ciego será quien no lo vea.

Metióme en mayor curiosidad esta respuesta, y rogué al valiente pescador que me contara el suceso. Resistióse á complacerme, con bruscas evasivas, y entonces tomó parte en la conversación el Tuerto, y me dijo:

—Verá usté lo que pasó, señor, porque juntos nos salvamos los dos. Llevónos la galerna, en un decir Jesús, á dos cables de San Pedro del Mar; y cuando contábamos que no pararíamos hasta embarrancar en la arena, un maretazo, como yo no he visto otro, nos puso la lancha quilla arriba. Al salir yo á flote, de todos mis catorce compañeros no quedaba más que éste, á unas seis brazas de mí. Á los demás—añadió el Tuerto con voz trémula y muy conmovido,—no he vuelto á verlos hasta la hora presente. Como la lancha había quedado entre dos aguas, tuve la suerte de agarrarme á ella; pero ese infeliz se vió sin otro amparo que sus remos naturales, y no era poco, porque, á saber anadar, no hay merluza que le meta mano. En esto, la mar nos fué atracando el uno al otro; y ya estábamos al habla, cuando la suerte le puso un remo delante. Agarróse á él y descansó una miaja. Pero notaba yo que no se valía más que de un brazo para agarrarse, y no sacaba el otro hacia el remo, ni le movía para ayudarse.—«¡Anade y atráquese—le gritaba yo,—hasta que llegue á darle una mano, que dispués ya podrá agarrarse á la lancha!.—¡Qué más quisiera yo que poder anadar, retiña!—me respondió.—Pues ¿por qué no puede?—Porque me jalan mucho los calzones. Paece que tengo toa la mar metida en ellos; y á más á más, se me ha saltao el botón de la cintura.—¡Arríelos, puño!—¡Tiña, que no puedo!—¿Por qué?—Porque esta mañana se me rompió la cinta del escapulario, y le guardé en la faldriquera.—¿Y qué?—Que si arrío los calzones, se va á pique con ellos la Virgen del Carmen[19].—¿Y qué que se vaya, hombre, si no es más que la estampa de ella?—Pero está bendita, ¡retiña!; y si ella se va á fondo, ¿quién me sacará de aquí, animal!» Hay que tener en cuenta, señor, que la mar era un infierno, y tan pronto nos sorbía como nos soltaba. Á cada palabra un maretazo nos tapaba el resuello, ó nos cubría con más de diez brazas; y al salir á flote, no hallaba uno quien le respondiera, ó asomaba por onde menos era de esperar. Dios quiso que no nos separáramos cosa mayor en aquel tiempo, que fué mucho menos del que yo empleo en contarlo; porque la sola vista de otro ser humano le anima á uno á bregar en tales casos. ¡No sabe usté la agonía que se pasaba en el instante en que al salir á flote se veía uno solo! Volviendo al caso, digo que al hablar este compañero las últimas palabras que yo he repetido, vínose encima de mí sin saber cómo, y agarróse á la lancha. Al mismo tiempo se alzó á barlovento una mar como no ha visto igual hombre nacido: pensé que aquél era el fin, no de nuestras vidas, sino del mundo entero; desplomósenos encima, y para mi cuenta, entonces, allí fenecimos, porque ni más vi, ni más oí, ni más sentido me quedó que una chispa de él para acabar una promesa que estaba haciendo á la Virgen del Mar (y cumplí al otro día, como era justo). Pero, á lo que paece, aquel desplome de agua nos echó á tierra con la rompiente, porque allí nos alcontramos los dos al volver del atontamiento, cerca de unos baos de la lancha y con astillas de ella entre las manos. Vino gente, nos recogió, nos dió abrigo, y aquí nos trajo: al señor, en el estado en que usté le ve, ó poco menos; y á mí, como si nada hubiera pasado, que de algo vale el no ser viejo y haber sorbido mucha desgracia. Lo cierto es, señor, que si el estar los dos vivos no es un milagro de Dios, no he visto cosa que más se le asemeje.

—¿De modo que usted—dije al Tuerto con la intención de saber algo de su vida desde que volvió del servicio,—ha dejado su casa por venir á cuidar á su amigo?

—Mi casa es ésta—respondió secamente el Tuerto.

—¿No tiene usted familia?

—Me queda un hijo, que anda navegando en un vapor; todo lo demás está ya en el otro mundo…, no contando al señor, que ha sido un padre para mis hijos y para mí.