—¡Yo vivir en el campo! La idea solamente me hace temblar.

—Pues crea usted, señora, que no hay motivos para ello.

—¡No diga usted que no, por Dios! Aun cuando las habitaciones sean palacios, aquella soledad, aquella gente tan ordinaria…, el cencerro del ganado, aquellos callejones llenos de zarzas, de charcos y bichos venenosos…; ¡qué desconsuelo¡… Después, de noche, el bufar de las lechuzas, los ladrones…, ¡horror! ¡Pasar yo una semana en la aldea!… ¡Ave María Purísima!… Mire usted, hasta el pasear por el Alta me pone de mal humor, porque se me figura que me va á faltar tiempo para bajar de día á la ciudad…. Nosotros, los que hemos nacido en ella, desengáñese usted, no podemos acostumbrarnos á salir de nuestras calles empedraditas, de nuestros paseos, de nuestras reuniones…. ¡Es todo tan ordinario en la aldea!

—Muchas gracias por la parte que me toca.

—¡Oh, no me haga usted la injuria de creer que he querido agraviarle!… No hay regla sin excepción…. Pero compare usted la gente del campo con la de la ciudad.

—Efectivamente: si la blancura del cutis, el esmero en el corte del vestido y otras virtudes semejantes, son las que más realzan el mérito de una persona, confieso que las que, por gusto ó por necesidad, viven en la aldea perpetuamente, están muy por debajo de las que habitamos en la ciudad[21].

—No trataré yo de discutir ese punto; pero lo cierto es que por algo se dice de la aldea que empobrece, embrutece y envilece.

—Ya; pero como el autor de esa barbaridad, y usted perdone la franqueza, no se cansó en ponerla en tela de juicio….

—No le diré á usted que sea absolutamente cierto; pero algo tendrá el agua….

—Esta cuestión es de gustos, señora, y en vano nos cansaremos ventilándola. Ya sé que á ustedes, los indígenas de la ciudad, no hay que hablarlos de la aldea: ser aldeano es casi un crimen en Santander.