—No diré yo tanto; pero lo que sí aseguro es que no arrastrará usted á un santanderino legítimo á la aldea, ni por ocho días, aunque le prometa en ella la suprema felicidad.
—Me guardaré muy bien de proponérselo, porque me consta, sin género alguno de duda, que esa opinión es la de toda la buena sociedad de Santander, de la que es usted tan digno miembro.
—¿Me adula usted?
—No, señora: le hago justicia.
—Por supuesto que no me hará usted la ofensa de aplicarse nada de cuanto he dicho contra la aldea.
—Crea usted, por mi palabra, que me tiene ese punto sin cuidado, máxime cuando estoy convencido de que no ha de tardar usted mucho en variar de opinión.
—¿Respecto á la vida de aldea?… Le aseguro á usted que no.
—¡Bah!
—¿Y en qué confía usted para eso!
—En que hasta hoy está siendo Santander la primera aldea de la provincia, por sus costumbres, por sus pasiones y por un sinnúmero de pequeñeces y de miserias….