—Lo que toca á mí—dice el aludido, que durante la escena referida se ocupaba en hacer rayitas en el polvo con el palo,—lo que toca á mí, no me gusta meterme en la hacienda del vecino, que cada uno puede estimarla en aquello que, pongo por caso, le acomoda.

—De manera es—replica el comprador,—que aunque usté diga uno, ó dos, ó medio; ó que la pareja vale tanto ó cuanto, ó que por aquí ó que por allá, no ha de ser medida la palabra de usté.

—Eso es—añade Antón;-que como dijo el otro, ná se pierde con oir á éste y al de más allá.

—Andando—gruñe su mujer, clavando los dientes en la quinta manzana,—que todos somos hijos de Dios, y más ven cuatro ojos que dos.

—Es de razón—exclaman á coro los demás circunstantes.

—Pues, caballeros—concluye el perito con cierto tonillo de autoridad;—creo que se pueden dar veintisiete doblones por la pareja.

—Ya lo oyes, Antón…; y yo no dejo mal á ningún amigo.

—Por dicho de eso, yo tampoco, Ogenio; y si das los veintiocho, tuya es la pareja.

Grandes murmullos en el grupo; anímase el tío Juan, y exclama, imponiendo silencio á los circunstantes:

—Ni los veintisiete ni los veintiocho, que han de ser los veintisiete y medio, y se pagará la robla además.