—¡Anda, anda!…; ¡echa por esa boca desventuras y lástimas! ¿Por qué no te acuerdas del hijo del Manco y de el del alguacil, que dicen que gastan coche en la Habana y que están tan ricos que no saben lo que tienen?

—¡Mal año para ellos, que dejan morir de miseria á sus familias que se arruinaron por embarcarlos, y ni siquiera se acuerdan de la tierra en que vieron el sol! … mucho quiero á ese pobre hijo que se va á ir por ese mundo; pero antes que verle mañana sin religión, olvidado de su familia y de su tierra (Dios me perdone si en ello le ofendo), quisiera la noticia de que se había muerto.

—Vaya, Nisca, que hoy te da el naipe para sermones de ánimas….
Todavía me has de hacer ver el asunto por el lado triste.

—¡Dichoso de ti, Nardo, que no le has visto ya!

—No seas tonta, que yo no puedo ver esas cosas como tú las ves….
Porque este lugar haya sido poco afortunado para los indianos….

—Calcula tú cómo andarán los demás … cuando en este rincón solo hay tanta lástima. ¡Ay, Nardo!; aunque yo no lo tocara con mis manos ni lo viera con mis ojos, los consejos de don Damián, con la experiencia que tiene, serían de sobra para que yo llorara al echar, sola por el mundo, á esa pobre criatura.

La salida de Andrés interrumpió este diálogo. Traía puesto su traje de camino, nuevo también, pero de corte más humilde que el que se había quitado para que su hermana se le guardase.

Tía Nisca se enjugó apresuradamente los ojos al ver á su hijo, y plegó con esmero sobre sus rodillas la camisa que había concluído.

Toda aquella tarde se invirtió en arreglar el equipaje de Andrés, y al anochecer se rezó el rosario con más devoción que nunca, pidiendo todos á la Virgen, con esa fe profunda y consoladora de un corazón cristiano, amparo para el que se iba, y, para los que se quedaban, resignación y vida hasta volver á verle.

III