—Es que yo he escarmentado en cabeza ajena…. Mire usté que tengo una amiga, ¡ay, la infeliz las lágrimas que ella ha llorado, las palizas que la ha dado su padre y la estimación que ha perdido por un pícaro de esos que la engañó!… No, hijo, no: pobre nací, y no quiero ser señora á costa de tantos trabajos.
—Muy bien pensado. Pero, entretanto, usted no despide á su adorador.
—Hasta ahora no me compromete; quiere decirse que el día en que esto vaya á suceder, ya será distinto.
—¡Ya!
—Y eso que nosotras nos hemos propuesto no hacer caso de ningún aristecrata; pero vienen los bailes, y, como usté sabe, van á ellos…; porque lo que es en este particular, en nuestros bailes están todos los hombres que van á los de las señoras…, y muchos más. Pues, señor, la bailan á una, la hablan tan finos…, y una ¿qué ha de hacer? Pues es claro.
—Total, que el mocito que está en el portal de enfrente no perderá el tiempo.
—Parece que va usté á medias con él.
—Ojalá, Teresita…; aunque en semejante negocio me sería muy difícil dar participación á nadie.
—¿Por qué?
—Porque es usted demasiado bonita.