Pues mire usté, porque no se crea otra cosa, ese chico no deja de gustarme pero está perdiendo el tiempo.
—No comprendo….
—Hace un año que bailó conmigo en la Natar y Flor. Desde entonces yo no sé cómo él averigua en dónde coso; pero lo cierto es que todas las tardes me le encuentro, como ahora, al dejar la labor…, sobre todo en ivierno, que salimos de noche…, y esto es precisamente lo que me carga.
—¿El que la acompañe á usted de noche?
—No, señor: el que tenga á menos acompañarme de día.
—Entonces, ¿qué hace ahí enfrente?
—Esperarme; pero al llegar conmigo á la esquina me da una disculpa cualquiera y se larga…. Y cuando coso en el Muelle, ó en alguna calle del centro, me espera en el mismo portal: allí estamos un rato hablando, y luego … cada uno por su lado. Como usté comprenderá, esto no halaga nada á una mujer…. Por eso me gustan más los de mi parigual.
—¿Y quiénes son esos?
—Pues los chicos del comercio. Con éstos se entiende una bien; y si mañana ú otro día…, vamos…, ¿está usté? Quiere decirse que allá nos andamos, y de pobre á pobre va…. Pero de estos señoritos entran pocos en libra…. Y, ¡ay de la infeliz á quien le toca uno!…; ¡qué belenes, hija!; primero con él, y después con su familia que la persigue á una como si una le hubiera ido á buscar…. Vea usté…. Y es claro: ellos empiezan por pasar el rato; y como suele suceder que una es tonta y se los cree, á lo mejor se encuentra con que no puede arrepentirse ya…. Por eso le digo á usté que ese chico pierde el tiempo.
—Yo creo ahora todo lo contrario; porque acaba usted de decirme que á veces se los cree á pesar de todo.