—¡Jesús, pues vaya una rareza!… Hágame el favor de dar esa tira que está debajo de usté, para amarrar la labor…. Muchas gracias…. ¡Pero qué mala cara se le ha puesto á usté de repente!
—Es que … tengo un flemón.
—¿Y no le dolía á usté antes?
—No tanto como ahora.
—Pues chumpe usté un higo paso, que es muy bueno para los flemones.
—Muchas gracias.
—Conque hasta mañana, que voy á por los orejones.
—¡Vaya usted con Dios!
* * * * *
Escribir un libro de costumbres montañesas y no dedicar algunas páginas á la costurera, sería quitar á Santander uno de los rasgos más característicos de su fisonomía. Tan notorio, tan visible es entre su población este ramo, que el sexo débil de ella puede, hechas las exclusiones de rigor, dividirse por partes iguales en mujeres-costureras y mujeres que no lo son. Pero hablar de las costumbres de las primeras tiene tres perendengues para un hombre que, como yo, no las conoce bien, porque equivocarse en el menor de los detalles tendría tres bemoles. En plata, lector: la costurera me infunde cierto respetillo, y no quiero echar sobre mi conciencia el compromiso de hacer su retrato.