—Salú es lo que no había de tener usté—refunfuña la mujer del Tuerto.
—Vergüenza es lo que á tí te falta—gruñe, al oirlo, la vieja.—Y sábete que tengo sal, pero que no te la quiero dar.
—Ya me lo figuro, porque siempre fué usté lo mismo.
—Por eso te he quitao el hambre más de cuatro veces, ¡ingratona, desalmada!
—Lo que usté me está quitando todos los días es el crédito, ¡chismosona, mas que chismosa!; y si no fuera por dar al diablo que reir, ya la había arrastrao por las escaleras abajo.
—Capaz serás de hacerlo, ¡bribonaza!; que la que no quiere á sus hijos, mal puede respetar las canas de los viejos.
—¿Que no quiero yo á mis hijos!…; ¿que no los quiero!—ruge la de la buhardilla, puesta en jarras y echando llamas por los ojos.—¿Quién será capaz de hacerlo bueno?
—Yo—replica con mucha calma la vieja;—yo que los he recogido muchas veces en mi casa, porque tú los dejas desnudos y abandonaos en la calle cuando te vas á hacer de las tuyas de taberna en taberna … ¡borrachona!
—¡Impostora…, bruja!—grita al oir estas palabras, descompuesta y febril, la mujer del Tuerto.—¿Yo borracha! ¿Cuántas veces me ha levantado usté del suelo, desolladura? Y aunque fuera verdá, á mi costa lo sería: á denguno le importa lo que yo hago en mi casa.
—Me importa á mí, que veo lo que suda el mi hijo pa ganar un peazo de pan que tú vendes por una botella de aguardiente, en lugar de partirle con tus hijos. Por eso los probes angelucos no tienen cama en que dormir, ni lumbre con que calentarse, ni camisa que poner; por eso no tienes tú un grano de sal y me la vienes á pedir á mí…. Cómpralo, ¡viciosona!… Pero vienes tú de mala casta para que seas buena.