—Mi casta es mejor que la de usté, por todos cuatro costaos. Y yo en mi casa me estaba. Él fué á buscarme.
—Nunca él hubiera ido…; bien se lo dije yo:—«¡Mira que esa es callealtera y no puede ser buena!»
—Los de la calle Alta tienen la cara muy limpia y se la pueden enseñar á todo el mundo … algo mejor que los de acá abajo…; ¡flojones, más que flojones!, que se han dejao ganar tres regatas de seguido por los callealteros…. Esa es la rescoldera que á usté le pica; pero por más pedriques que echen en Miranda y más velas que pongan á los Mártiles, San Pedruco el nuestro los ha de echar á pique.
—San Pedro no puede amparar nunca á gente tan desalmada como tú, y si se perdieron las regatas, Dios sabe por qué fué.
—Por falta de puños, pa que usté lo sepa.
—Grita, grita más alto; que te lo oiga el tu marido que por allá abajo asoma, y mira después ónde te metes.
—Yo digo la verdá aunque sea delante del mi marido—replica la de la buhardilla, mirando de reojo á una esquina de la calle y bajando la voz así que ve al Tuerto.
La vieja del segundo clava la última raba, y sin mirar hacia su nuera, vase retirando del balcón, dejando fuera estas palabras:
—Anda, anda á prepararle la comida, ¡borrachona!
La aludida en ellas desaparece también, metiéndose furibunda por lo más espeso de la columna de humo que sigue saliendo de la cocina después de haber despedido á su suegra con estos piropos: