«Por goloso y atrevido muere el pez en el anzuelo; porque yo no soy goloso en paz y libre navego.»

Suponte ahora, lector, que estamos en un día de fiesta.

—¡Bolina!… ¡Bolina!—grita la voz de Tremontorio.

—¿Qué hay?—responde Bolina saliendo al balcón.

—Que no paso por esta cuenta; que á mí me falta dinero … y que me falta, ¡ea!

—¡Malos tiburones te coman! Yo no sé de qué te ha servío tanto como has rodao por el mundo, que toavía no sabes contar los deos de la mano. ¿Qué es lo que te falta ahora?

—Me falta, me falta … yo no sé cuánto, pero me falta dinero.

—Si no dices más que eso…. ¿No ajustemos endenantes la cuenta más de treinta veces? ¿No viste que no te faltaba ná?…

—Sí; pero en casa lo he pensao mejor, y no hay quien me saque de que aquellos treinta riales….

—¡Dale con los treinta riales! ¿No te correspondían á ti diez duros por la costera de la semana?