—¡Tiña, que yo me entiendo! ¿Por qué no quiso él que se entregara el dinero á un comerciante del Muelle cuando en el otro Cabildo se lo dijieron?
—Porque nos bastamos nusotros pa correr con ello sin ayuda de naide.
—Por lo que se pega, borrico.
—Que son malos quereres, tío Tremontorio.
—Que vos engañan, como bonitos, con cuatro papeles arrugaos, vamos…. Y si quieres irle con el cuento, ya que tanto le defiendes, maldito lo que se me importa.
—Yo no soy cuentero ni vivo de eso; pero cuando se dice mal de un hombre de bien…, vamos, tío Tremontorio, que no me gusta. Usté ha visto mucho mundo, pero á veces quiere saber más de lo regular.
—Y ya que tanto hablas, ¡tiña!, ¿es justo, que tú, cargao de hijos, con una mujer como la que tienes, que te consume hasta la sangre, no recibas uno ó dos ó medio en estos días de temporal? ¿No eres tú tan necesitao como el que más?
—Yo estoy bueno y puedo trabajar….
—¿Á qué? ¿Has de ir á jalar de las pipas del Muelle? Pa eso hay otros primero que tú, que tienes que atender al aparejo y á la lancha y á tu obligación.
—No diré que no me viniera bien uno ó dos ó medio; pero si no me le dan, ¿por qué le he de echar la culpa á quien no la tiene?